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LA COMUNIDAD CHINA EN LA COSTA ATLANTICA DE COSTA RICA: LOS PRIMEROS INMIGRANTES

Actualizado: 27 sept 2023

Moisés León, PhD


PRÓLOGO, Dedicatoria

CAPÍTULO 1: Introducción

1. Introducción al Estudio

1.2 Confrontaciones Ëtnicas y Raciales en el Mundo de Hoy

1.3 El Valor de la Cultura

CAPÍTULO 2: La Costa Atlántica: Contexto Socio-Histórico

(Notas al Final del Capitulo

CAPÍTULO 3: Origenes y Antecedentes

3.1 Orígenes y Antecedentes de los Inmigrantes Chinos

3.2 China Durante el Siglo Diecinueve

CAPÍTULO 4: Migraciones Chinas a América

4.1 Destino: La Montaña de Oro

4.2 Principales Países Que Recibieron Migrantes Chinos

4.2.1 Estados Unidos de Norteamérica

4.2.2 Cuba

4.2.3 México

4.2.4 Panamá

4.2.5 Guyana Británica

4.2.6 Perú

(Notas al Final del Capitulo)

CAPÍTULO 5: Primeras Migraciones Chinas Bajo Contrato

5.1 El Primer Grupo de Inmigrantes Chinos (1855)

5.2 Los Labradores Chinos en el Ferrocarril (1873)

5.3 La Huelga China en el Ferrocarril (1874)

(Notas al Final del Capitulo)

CAPITULOS y ANEXOS PENDIENTES: Migraciones Subsecuentes, Vida en el Sur de China, Familia, Organizaciones Social, Comercio; Bibliografía. Anexos: Contratos de 1872 y 1887. Archivo de Chinos, Leyes que Afectaron Migración China a Costa Rica, Limon Directory, Otros.




PRÓLOGO


El estudio que se presenta a continuación es un resumen selectivo traducido al español de la tésis “Chinese Immigrants on the Atlantic Coast of Costa Rica: The Economic Adaptation of an Asian Minority in a Pluralistic Society”, presentada en 1987 en la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, para optar por el título de PhD. (doctorado académico) en Antropología por Moisés León Azofeifa.


Como todo relato histórico, la información contenida tiene un marco de referencia histórica limitado que debe ser tomado en cuenta al interpretar la información. La selección de secciones escogidas y resumidas de la tesis, y la traducción de las mismas, las realizó el autor del estudio.


Moisés León A.,

San José, Costa Rica

Enero, 2020



DEDICATORIA


i. No quiero que mi casa esté rodeada de muros

por todos los costados y las ventanas trancadas;

Quiero que las culturas de todas las tierras

Soplen dentro de mi casa tan libremente como

sea posible,

Pero, me niego a dejar que

ninguna cultura arrase conmigo.

Mahatma Gandhi


(“I do not want my house to be walled in on all sides

and my windows to be shuttered.

I want the cultures of all lands to be blown

about my house as freely as possible.

But I refuse to be blown off my feet by any.”)

ii. El Mundo en el cual nacimos no es más que un modelo

de la realidad. Otras culturas no son intentos fallidos de ser como nosotros. Son manifestaciones únicas del espíritu humano.


Wade Davis


(“The World in which we were born is just one model

of reality. Other cultures are not failed attempts at being like us. They are unique manifestations

of the human spirit.”)



CAPÍTULO 1


1.1 INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO


El presente estudio constituye un esfuerzo por documentar la historia de la evolución social de la población china que se asentó en la sociedad multicultural de la Costa Atlántica de Costa Rica, a partir del siglo XIX, basándose principalmente en las experiencias que relata la comunidad china de la Costa. Dicha documentación ha dependido grandemente de la historia oral expresada por antiguas generaciones chinas asentadas en esa región.


Este estudio es, principalmente, un esfuerzo descriptivo, guiado por un número de preguntas que se aplican a otras minorías étnicas en la sociedad de la Costa: ¿Cuáles fueron las principales formas de adaptación social y económica de los inmigrantes? ¿Qué tipo de relaciones mantuvieron con la cultura madre? Con respecto a las formas de adaptación, ¿contribuyeron, o inhibieron el proceso de aculturación y asimilación a la sociedad dominante?, y, por último, ¿qué ha sucedido con las nuevas generaciones?


De tal manera, el estudio ha tenido que enfocar un periodo histórico definido por la existencia de fuentes etnohistóricas, principalmente los inmigrantes mismos y sus descendientes. Los inmigrantes chinos más viejos que participaron en el estudio arribaron a la Costa Atlántica durante la década de 1910-1920. Los documentos oficiales sobre la historia de la costa, principalmente los libros de actas de la municipalidad de Limón, centro político y social de la costa, ofrecen información importante sobre la adaptación económica de la comunidad china a partir de 1902, año en que se estableció el municipio. También, la información sobre los inmigrantes chinos a Costa Rica previa al siglo XX, se encuentra en el trabajo de Fonseca, 1979. Este estudio toma en cuenta y discute esa información y se extiende hasta la década de 1970, pero debido a la complejidad y dinámica de la sociedad china contemporánea en la costa, se excluye un tratamiento profundo de la realidad social de los chinos desde ese tiempo al presente.


Además de intentar llenar un vacío notable con respecto a estudios de campo sobre los chinos y otros migrantes asiáticos en Costa Rica (su ausencia es evidente en todo el istmo centroamericano), este estudio ha adquirido relevancia adicional, debido a algunos conflictos recientes relativos a la inmigración de chinos a Costa Rica, quienes, aparentemente, ingresaron para trabajar en condiciones irregulares en algunos restaurantes chinos del país. Estos incidentes fueron reportados en todos los principales periódicos de Costa Rica durante los meses de julio y agosto de 1987.


Sin embargo, este estudio no incluye a la población china asentada en la costa pacífica del país - Guanacaste y la provincia de Puntarenas- ni en el Valle Central de Costa Rica. No obstante, es evidente para el autor que gran parte de la información sobre la adaptación de los chinos en la Costa Atlántica se aplica a los mismos en la costa pacífica, debido a la similitud de los procesos socio-históricos de las dos poblaciones y el desarrollo social de ambas regiones. Los chinos que se asentaron en el valle Central, enfrentaron condiciones sociales un tanto más complejas, dignas de mayor estudio.


1.2 CONFRONTACIONES ÉTNICAS Y RACIALES EN EL MUNDO DE HOY


El mundo se vuelve más pequeño cada día, gracias a la televisión y otros medios electrónicos que nos mantienen informados y nos acercan a los principales acontecimientos en los más distantes rincones del planeta. De esta manera, logramos conocer con curiosidad, y aprehensión, un mundo de gran diversidad. No cabe duda, vivimos en una aldea global, nos conocemos a medias, sin saber apenas quiénes somos y quiénes son los otros que vemos en las pantallas, gracias a las miles de imágenes y mensajes que bombardean nuestra atención a diario.


Es así como las sociedades se acercan unas a otras a través de múltiples medios, pero la falta de conocimiento entre ellas trae consigo la desconfianza y conduce a conflictos sociales y raciales, los cuales parecen tener base en la incertidumbre y el temor acerca de los motivos e intenciones de aquellos a quienes vemos como extranjeros, foráneos, competidores y extraños…- es decir, “los otros”. Más aún, las diferencias reales o percibidas entre los diferentes grupos se acentúan cuando, al mismo tiempo, las sociedades se ven enfrentadas a una fuerte competencia por fuentes de trabajo y por recursos naturales como el petróleo, el agua y la tierra, que cada vez se tornan más escasos.


Diariamente, en la televisión se muestran trágicas noticias sobre algún brote de violencia racial, étnica y religiosa en alguna parte del mundo - y no precisamente en el mundo primitivo o sub-desarrollado, como algunos llamarían a las regiones menos urbanizadas del Globo- sino en ciudades como París, Los Ángeles, Nueva York, África del Sur, Bagdad entre otras.


A su vez, blancos y negros se enfrentan violentamente en las calles de Los Ángeles, o en África del Sur, ofreciendo imágenes grotescas que tienen como telón de fondo los enfrentamientos milenarios que ocurren diariamente entre musulmanes y cristianos en el Medio Oriente.


Así mismo, hace unas décadas, en Yugoslavia, serbios y croatas se destrozaban por separar sus comunidades y sus destinos, otrora compartidos. Y en la Europa Occidental, cuna de la civilización moderna, grupos de jóvenes alemanes, franceses, y españoles se lanzaban contra los inmigrantes de países vecinos del sur, como Algeria y Turquía, que "tercermundizaban" sus ciudades, los apedreaban, quemaban sus barrios, y se volcaban con inusitada violencia contra gentes, cuyo gran pecado consistía en que no compartían con los habitantes locales ni el color de su piel, ni su cultura.


De igual manera, cruzando el Atlántico, en la gran cosmópolis de Nueva York, un hombre caribeño de piel oscura, empujado por la adversidad personal, llega hasta el extremo de percibir las diferencias de color como símbolo de odio racial e imperativo de exterminación, y procede a ametrallar a mansalva a ocho pasajeros en el tren subterráneo que se dirige a esa ciudad desde Long Island, causando consternación en toda la sociedad norteamericana y un nuevo episodio de angustiosas auto-incriminaciones y 'mea culpas' para muchos ciudadanos, sobre los conflictos raciales que aquejan a esa sociedad. Y es aquí donde algunos hacen pausa para recordar las palabras del poeta inglés John Donne, cuando hacía ver (en 1624) que todos compartimos un mismo destino: “Ningún hombre es una isla, separado y completo por sí mismo,… cada cual es una parte del continente, parte de una misma tierra” -(No man is an island entire upon himself…everyman is a piece of the continent, a part of the main.) (Donne, 1624).


En Costa Rica, la historia de las relaciones entre las diferentes culturas y razas que habitan su territorio presenta algunas páginas oscuras, cargadas de abuso y persecución contra la población indígena y contra los esclavos negros durante el período colonial. Después de la abolición de la esclavitud en 1821, el abuso y maltrato se extendió a los asiáticos que arribaron al país para trabajar en la construcción del ferrocarril, necesitado de mano de obra barata. Tanto los chinos como los negros sufrieron desde esos tiempos hasta mediados del siglo XX la imposición de leyes y decretos que pretendían limitar sus movimientos y su estadía en el país.


Sin duda, la mayoría de los costarricenses reclamaría que su sociedad no es racista; sin embargo, las minorías étnicas y raciales que viven actualmente en el país reconocen muy claramente, y así lo han denunciado, un sinnúmero de manifestaciones, algunas muy sutiles, de racismo y etnofobia que el ciudadano común no puede dejar pasar desapercibidas, menos en una sociedad que se precia de sus valores cristianos y de su respeto por los derechos humanos. Basta con referirse a algunas importantes obras históricas y literarias sobre los negros y los chinos durante la construcción del ferrocarril al Atlántico (Duncan y Meléndez ,1981; De La Cruz, 1984; Gutiérrez, 1981; Fallas, 1969); a la membresía de algunos prestigiosos clubes sociales de San José; y al lenguaje diario del hombre de la calle, cargado de chistes, estereotipos y clichés respecto a los polacos, los negros, los chinos, los nicas, y otros.


En este sentido, vale la pena recordar que en 1935 (Gaceta Oficial, 1935 II) se prohibió a los trabajadores negros de la Costa Atlántica viajar a la región pacífica del país a trabajar con la compañía bananera United Fruit Company, que se trasladaba a esa región; (prohibición que no impedía a la comunidad negra visitar y residir en San José, aunque existe la creencia popular de que era así). A pesar de su amplia experiencia en las plantaciones y ferrocarriles, y de su bien establecida presencia en el país, los trabajadores negros fueron obligados a permanecer en la Costa. No fue sino hasta 1950 que la población negra de la Costa Atlántica, aun habiendo nacido en el país, pudo solicitar al gobierno el reconocimiento legal de su nacionalidad costarricense y de su residencia en el país, (Gaceta Oficial, 1950, II).


Igualmente, durante esa época, en un país vecino se intentó extraditar a los comerciantes chinos, en lo que se llegó a conocer entre algunos líderes chinos de Limón como la "Revuelta Paiba" de 1943, que exigía a los comerciantes chinos del país a vender sus negocios al gobierno, pero el gobierno ni siquiera contaba con fondos para expropiarles los bienes que habían acumulado. Por esa razón, según cuentan los descendientes de los comerciantes involucrados, y en parte gracias a la vigilancia del cónsul chino en los EE UU y México, los gobiernos de Costa Rica y Panamá se vieron obligados a desistir en su intento. Cabe decir que el incidente mencionado fue solamente uno en una cadena de tales intentos promovidos por los gobiernos de países con migrantes chinos.


Más grave aún, y difícil de reconciliar con la imagen popular de una Costa Rica democrática, ha sido la situación de algunas comunidades indígenas que residen indistintamente a ambos lados de la frontera entre Costa Rica y Panamá, que, en lo que aparenta ser una situación de "olvido histórico" por parte del Estado, no obtuvieron su cédula de identidad sino hasta 1993, a pesar de ser ellos los primeros pobladores del territorio nacional, y de que sus culturas ofrecen un legado histórico de muy alto valor para la sociedad costarricense y la región.


Por lo tanto, es imprescindible superar las barreras sociales que se erigen sobre el miedo, la ignorancia y el falso orgullo, a través de un mayor conocimiento de las realidades sociales y culturales de los grupos que conviven en una sociedad. Es necesario conocer su historia y sus creencias, aprender acerca de sus conocimientos y costumbres, en la esperanza de poder apreciar, algún día, las vivencias históricas de otros, y valorar como un atractivo social, y un bien de toda la humanidad, las diferencias culturales y raciales. Así como valoramos la biodiversidad, debemos apreciar la diversidad cultural, por las oportunidades que nos brinda para conocernos mejor a nosotros mismos, así como para disfrutar de múltiples maneras la experiencia de vivir, y para experimentar con diversas formas de vida que le ofrecen a la sociedad y al planeta los diferentes modelos, estilos y medios de sobrevivencia de cada cultura. Conviene agregar que análogamente al “vigor híbrido” de la biología, que resulta en individuos cada vez más resilientes, las mezclas culturales producen sociedades más adaptables, más fuertes para enfrentar los cambios sociales, al mismo tiempo que permiten a los ciudadanos un margen más amplio de satisfacciones, como la variedad en las comidas internacionales, la música, el baile, y tantas otras tradiciones culturales.


Morton Fried agrega: “Si nos interesa la cultura, sus procesos y desarrollo, y las maneras en que los portadores de una cultura responden ante situaciones en las cuales su forma de ser debe verse alterada para que puedan sobrevivir y florecer, entonces vale la pena estudiar las comunidades chinas (de ultramar) por representar estas una fuente de gran riqueza adaptativa” (Fried, 1954, p. 55).


Estas consideraciones adquieren un valor trascendental ante los cambios imprevistos del futuro, algunos de los cuales, como el calentamiento global, se ciernen sobre el horizonte contemporáneo de todas las sociedades e indudablemente conllevan grandes cambios adaptativos. De no lograr una mayor comprensión del valor de la cultura, tendremos que aceptar como un hecho los pronósticos, cada día más preocupantes de algunos expertos, como el profesor Samuel Huntington de la Universidad de Harvard, quien opinaba unos años antes del acto terrorista de Setiembre 11, 2002 en Nueva York, que la amenaza más grande que se cierne sobre la estabilidad global la constituye el enfrentamiento entre las grandes regiones culturales del mundo: Occidente, Asia, y el Mundo Islámico, (Newsweek, Nov. 22, 1993).


1.3 EL VALOR DE LA CULTURA


Detrás del mostrador, en una tienda del barrio Los Corales de Puerto Limón, un hombre chino manipula rápidamente unas bolitas negras ensartadas dentro de una caja de madera- se trata de un ábaco chino, que en un tiempo se usó en las escuelas de Costa Rica para enseñar a los niños aritmética básica- el cual sostiene con la otra mano, mientras revisa la mercadería de un cliente.


En un abrir y cerrar de ojos, y sin titubear, el chino Yeng le indica al cliente el monto de su cuenta. Sus movimientos son tan rápidos que se hace difícil seguirlo y entender los cálculos que lleva a cabo, así es que me propongo volver al día siguiente con mi calculadora de bolsillo para compararla con su destreza usando el ábaco. Antes de retirarme le pido que me enseñe cómo maneja su pequeña calculadora y con vertiginosa rapidez repite algunas operaciones imposibles de seguir con la vista. Definitivamente, es tan rápido con su ábaco chino como un buen conocedor de una calculadora electrónica, de esas que abundan en los comercios en general.


Al igual que muchos otros comerciantes chinos en Costa Rica, el Sr. Con continúa usando la calculadora milenaria de las culturas de Asia, el ábaco que trajo del sur de China hace muchos años y que no ha pasado de moda para él. Este artefacto, bien usado, funciona igual o mejor que los aparatos modernos, pero no se daña fácilmente. Además, con mucho orgullo, don Yeng mantiene viva una parte de su cultura y de su pasado que aprendió de su padre, otro comerciante como él, originario del Imperio Celeste, como se auto-denominaba con imponencia histórica la República Popular China.


No lejos de ahí, en un barrio modesto de Limón, María, "la China", mira fijamente a través de la ventana de su pequeña pulpería, para que no la distraigan, y trata de repetir correctamente, sin mucho éxito, el número "catorce" ante un cliente. Recién llegada de Hong Kong, apenas conoce una veintena de números en español y los nombres de algunos artículos de pulpería. Pero eso no la asusta porque, junto con su esposo y dos niños, ya tiene un pequeño negocio para poder sobrevivir lejos de su tierra natal; pulpería que, en la experiencia de otros, crecerá hasta convertirse en una importante fuente de ingresos para la familia. Es curioso que María, una China joven, no hace uso de un ábaco para sumar la cuenta de sus clientes.


Igual que ellos, muchos otros inmigrantes en esta tierra de la Costa y otras "tierras prometidas" han pasado por la experiencia de tener que aprender los aspectos más elementales de una cultura totalmente desconocida para ellos. No obstante, años después, ya plenamente adaptados a la sociedad local, mantienen muy vivos y muy presentes los aspectos más importantes de la cultura de sus antepasados.



CAPÍTULO 2


LA COSTA ATLÁNTICA: CONTEXTO SOCIO-HISTÓRICO


La Costa Atlántica de Costa Rica es una región costera tropical que corresponde a la provincia de Limón- última de las siete provincias del país en ser poblada y establecida como unidad político-administrativa (1902). El territorio de la costa se ubica entre los grados 9’30 y 10’30 al norte del ecuador, dentro de las longitudes 82 °30’’ y 84°00”. Es, por lo tanto, una tierra caliente y húmeda de bosques lluviosos tropicales, con abundante precipitación que en algunas partes de la costa alcanza el extraordinario nivel de 5,466.mm anuales, particularmente en la zona norte (Servicio Meteorológico Nacional, Octubre, 1987).


La provincia limita con Nicaragua al norte y con Panamá al sur. Hacia el oeste, la provincia bordea la cordillera Central, que ubicada aproximadamente en el centro del país lo divide en partes iguales, y se extiende en dirección noroeste a sureste, convirtiéndose en la cordillera de Talamanca, limítrofe con Panamá. El límite este de la provincia es el mar Caribe, el cual presenta una costa regular, con pocas áreas de aguas profundas para el establecimiento de puertos de gran calado. Actualmente, la costa cuenta con dos puertos inter-oceánicos: el puerto de Limón (en la ciudad del mismo nombre) y el puerto de Moín, situado 4 kilómetros al norte del primero.


Hacia el norte del territorio, la provincia contiene grandes extensiones de bosques y pantanos de tierras bajas. Hasta años recientes, el único acceso a esta región era por medio de los canales de Tortuguero, canales artificiales que conectan lagunas naturales que ocurren en la desembocadura de los ríos de la región- Parismina, Matina, Tortuguero, Colorado y San Juan- y se ubican a lo largo de la costa, a veces apenas a unas decenas de metros de las aguas del Caribe, hasta la frontera con Nicaragua. Esta región también es conocida como las planicies de Tortuguero y Sarapiquí, y, actualmente, experimenta un rápido desarrollo debido a actividades productivas como la producción de banano, piña, y la cría de ganado de engorde, para la exportación. La región también ofrece oportunidades para el turismo de recreación y aventura, especialmente en la parte norte, donde se encuentra el parque nacional Tortuguero y la barra del río Colorado.


Hacia el sureste de Limón se encuentra la costa de Talamanca, que contiene amplias extensiones de tierras húmedas y planas donde se produce banano y cacao. Hacia el Oeste, a lo largo de la costa, se yerguen las estribaciones, montañas y cerros de Talamanca que forman la cordillera del mismo nombre, donde se encuentran las reservas indígenas de los grupos amerindios cabécar y bribrí, colectivamente conocidos como los indios de Talamanca (Gabb, 1875: Stone, 1962).


En tiempos precolombinos estos grupos compartieron el territorio de la costa con otros grupos destacados como los huétares, cuya impresionante producción de objetos socio-técnicos hechos de oro se relaciona directamente con las culturas tairona, quimbaya, sinú y chibcha de Colombia (Stone 1972:25; Ferrero 1975: 356-374).

Durante la época histórica, también estuvieron presentes en la región grupos de pescadores temporales (conocidos como zambos mosquitos) y pescadores afro-jamaiquinos (Fernández 1976: 399), los cuales se dedicaban principalmente a la pesca de tortuga (Palmer 1977: 35-42; Fernández Guardia 1974:53: Gabb 1981:66).


En la década de 1790, hispanos criollos y mestizos de la Meseta Central establecieron los primeros asentamientos blancos en la región de Matina, al norte del puerto de Limón, donde iniciaron la producción de cacao en tierras húmedas costeras, en plantaciones que eran atendidas por indígenas. El cacao era uno de los pocos productos exportables a través de los mercados regionales principalmente en Nicaragua. Anualmente los dueños de las plantaciones viajaban de Cartago a Matina para supervisar el trabajo, y, a menudo encontraban que la cosecha y sus trabajadores habían sido raptados por piratas caribeños -ingleses y misquitos- que se asentaban en la costa nicaragüense. Con el fin de proteger las plantaciones y los indígenas que las cuidaban, durante algunas décadas, fue necesario pagar tributo a los misquitos, y reconocer que eran dueños y señores de la costa desde cabo Gracias a Dios, hasta Bocas del Toro, en Panamá (Fernández Guardia, 1975: 205).


Eventualmente, se abandonó la producción de cacao debido al alto costo de transporte y a los impuestos reales alrededor de la década de 1820 (Colección de Leyes y Decretos, 1840, 1860) y la Costa volvió al olvido por parte de la población en los centros de gobierno, al igual que el resto de la costa Caribe de Centroamérica (Olien 1967:57-81). Las autoridades coloniales en Centroamérica, asentadas principalmente en la vertiente pacífica, desistieron de poblar y explotar la costa caribe del istmo, debido en gran parte a las dificultades climáticas, la difícil topografía de la región y la ausencia de caminos, y a la percepción colonial que se tenía del territorio como una tierra inhóspita, de tierras malas y pantanos plagados de fieras y enfermedades que no permitían poblarla.


Durante la segunda mitad del siglo XVIII, a medida que el café se convertía en el producto más importante del país y su exportación cobraba importancia, el gobierno inició la búsqueda de un puerto en la Costa que facilitara su exportación a Europa y a otros puntos en el hemisferio Atlántico. Para ese entonces, el único asentamiento que podría cumplir como fondeadero de barcos en la costa era la aldea de Moín, la cual, según un informe del agente de policía destacado allí, contenía en 1853 una población de 72 Misquitos y 21 blancos (Archivos Nacionales, Sección Historia, Serie I. No 8401:25).


Más adelante, en 1871, después de una serie de exploraciones en búsqueda de sitios y rutas desde la tierras altas del valle o Meseta Central hasta la Costa Atlántica (véase Colección de Leyes y Decretos 1839: 118, 130; 1865: 179), el gobierno decidió establecer un puerto en la costa en el sitio de El Limón, una aldea de pescadores negros compuesta por cinco chozas, ubicada al sur de las plantaciones de cacao de Matina, y aproximadamente unos 5 kilómetros sobre la costa al sur de Moín.


Ese mismo año, el gobierno contrató la construcción de un ferrocarril a la Costa Atlántica con los hermanos Keith, quienes habían construido el ferrocarril de Perú (Stewart 1967). La construcción se inició en 1871, en la Meseta Central y se completó en 1891 (Casey, 1979). Su construcción trajo a Costa Rica un gran número de trabajadores de Jamaica, China, Italia, y con ellos a otros inmigrantes de diferentes países que buscaban oportunidades económicas y tierra. A lo largo del período de su construcción, principalmente, cuando se intentó construir el segmento que conectaba las tierras altas con las tierras costeras, el país enfrentó problemas económicos que causaron importantes atrasos en la terminación del proyecto. Estos problemas condujeron al contrato Soto-Keith de 1884, el cual entregaba a Minor Cooper Keith un alto grado de autonomía en cuanto al manejo del ferrocarril (derechos de importación y concesiones tarifarias) y establecía las condiciones para el desarrollo de la producción bananera al ofrecerle a la compañía constructora en concesión, grandes extensiones de tierra – cerca de 800,000 acres (aproximadamente 324,000 hectáreas) de tierra libre a lo largo de la costa (Stewart 1967:53; Jones 1935:86). Esta autonomía relativa fue un factor importante que permitió que las empresas ferrocarrilera y subsecuentes compañías bananeras que se formaron, pudieran explotar los recursos de la Costa con relativa independencia e introdujeran mano de obra extranjera con mucha facilidad en la región.


De esta manera, anteponiéndose a las dificultades financieras que enfrentaba el proyecto de construcción, en 1872 M.C. Keith había introducido al país rizomas de banano traídos de Panamá y pronto empezó a exportar pequeñas cantidades del producto a Nueva Orleáns (Stewart 1967:162). La exportación de la fruta le permitió a Keith reponerse de algunas pérdidas financieras personales incurridas en la construcción del ferrocarril, y, más aún, condujo a que la producción de banano se convirtiera en una importante empresa: entre 1905 y 1917 el valor de la exportación de bananos fue superior a la del café, principal producto del país (Casey 1979:196), hasta que se difundió en las plantaciones el hongo conocido como la enfermedad de Panamá (“Panama Disease”: Fusarium oxysporum cubense), que afecta las raíces de la planta y que causó importante reducción en la producción. De tal manera, en 1927, la compañía United Fruit Company, principal productora de banano en la Costa, empezó a considerar el potencial de transferir sus operaciones a las tierras de la costa Pacífica de Costa Rica, consideradas más fértiles, y libres del hongo panameño. Mientras tanto, el declive en la producción causó una serie de crisis económicas y sociales, entre ellas varias huelgas de trabajadores (respecto a las huelgas, véase Bourgeois 1985, De La Cruz 1985, Acuña Ortega 1984, Duncan y Melendez 1981, Casey 1979, y Fallas 1934).


Hay que mencionar además que, en 1934 el gobierno de Costa Rica aprobó la transferencia de las producción bananera por parte de la United Fruit Company a la costa Pacífica, y al mismo tiempo promulgó una ley prohibiendo que los trabajadores negros trabajaran en dicha región y de esta manera se estableció una pauta legal para los antagonismos étnicos y raciales que ya existían en la sociedad costarricense y en la Costa Atlántica en particular (Ley No. 31, Gaceta Oficial, 1935, II: 490).


De tal modo, la desaparición virtual de la producción bananera en los primeros años de 1940 marcó el final de un período que había hecho de la Costa Atlántica de Costa Rica, con el puerto de Limón como su principal centro de población, una región de oportunidades económicas crecientes, y una situación demográfica muy dinámica. Dos grandes empresas habían dominado la vida socio-económica y política de la costa: la compañía Company, dos grandes organizaciones íntimamente ligadas entre sí, que constituyeron el eje histórico principal en la historia de la región durante la primera mitad del siglo XX. La orientación extranjera de las dos compañías (tanto en capital como en mano de obra), y el relativo aislamiento geo-político de la región, contribuyeron al establecimiento de un enclave multiétnico donde las tradiciones afro-caribeñas eran dominantes.


Además, la escasez de trabajadores en las tierras altas, y la aversión al clima y a otras condiciones ambientales negativas percibidas de la Costa, hizo necesario que ambas compañías importaran trabajadores negros de Jamaica, y en menor grado de otras partes del Caribe (St. Kitts, Nevis), quienes estaban mejor adaptados a las condiciones costeñas y en muchos casos estaban acostumbrados al trabajo en ferrocarriles y plantaciones. Igual o más importante aún, la población negra hablaba inglés, (Jamaica Standard English), el idioma de los constructores, ingenieros y administradores de las dos compañías. En efecto, la Costa Atlántica se convirtió en: “parte de un sistema de sociedades costeras e insulares en el Caribe Occidental, en el cual, el inglés era la lengua franca para una franja de población de 500,00 habitantes, que se extendía desde Honduras Británicas (actual Belice), hasta San Blas (región Cuna de Panamá), Jamaica, y la Isla de Pinos en Cuba (Bryce-Laporte 1981, Parsons 1954).


La orientación social y cultural de los jamaiquinos hacia su tierra natal se veía magnificada por su identificación con las empresas extranjeras, así como por el aislamiento de la Costa, y por las limitaciones sociales y legales que había impuesto sobre ellos la sociedad dominante de la capital. Por muchos años, los jamaiquinos mantuvieron vivas sus tradiciones, estableciendo escuelas donde la enseñanza se realizaba en el inglés de Jamaica, el cual enseñaban maestras y maestros originarios de ese país, y que trabajaban asociadas a las iglesias protestantes negras (Nelson, 1983:88; Duncan y Meléndez, 1981: 119, 128; Palmer 1977: 193).


Los inmigrantes chinos, quienes originalmente vinieron a la Costa a trabajar en el ferrocarril, también intentaron mantener sus tradiciones culturales, para lo cual establecieron una organización social conocida como el “club chino” (eventualmente sería la Asociación China de Limón), dos organizaciones relacionadas con la política de su tierra natal- el Kuomintang y el Chicuntong-, y dos clubes familiares reconocidos (representando a las familias Ching y Ng) y una escuela para niños chinos, dirigida por maestras y maestros chinos (1.), donde la enseñanza se conducía en cantonés, dialecto chino principal de la provincia de Cantón.


A lo largo de los años, particularmente durante las primeras décadas del siglo XX, un gran número de trabajadores, principalmente mestizos de Nicaragua y de las provincias de Guanacaste y Cartago, migraron persistentemente a la Costa (Casey 1979: 132- 237), pero solamente el estudio de Bourgois (1985), ha analizado su papel social en las plantaciones de la región. Entre 1892 y 1927, los negros fueron el grupo étnico más numeroso de Limón, pero ya en 1950 los hispanos blancos y mestizos los superaron en número. Los amerindios se mantuvieron como una minoría étnica, sin presencia organizada en el puerto de Limón. Bourgois, (op. cit.), examina la importancia de este grupo en la economía de la región en la zona sur de la Costa.


Cada grupo étnico sostenía un marcado etnocentrismo que se traducía en confrontaciones étnicas y raciales, crónicas de diferentes dimensiones sociales y en diversos puntos de la estructura social, relacionadas con los cambios socio-económicos y estructurales que iba experimentando la sociedad de la Costa a lo largo de su historia. Véase por ejemplo: Casey (1979), Olien (1967), y otras referencias citadas anteriormente sobre las relaciones laborales. Duncan y Meléndez (1981) describen los estereotipos y prejuicios que eran parte de las relaciones sociales entre negros y blancos en la Costa, y Bryce-Laporte (1962) identifica la persistencia de la cultura jamaiquina, mientras que Purcell (1982) analiza la desigualdad social, sus premisas ideológicas, y la naturaleza de las transacciones de valores entre los negros jamaiquinos de la región


A medida que el puerto de Limón crecía, se iba estableciendo una jerarquía social en la cual los contratistas, constructores, administradores, mecánicos y otros técnicos extranjeros de la compañía del ferrocarril, y de la compañía bananera, ocupaban el rango social más alto junto con las autoridades hispanas de más alto nivel, que representaban al gobierno y el estado en la Costa (Véase Limon Directory, apéndice). Los negros jamaiquinos y de otras islas caribeñas, a la par de los trabajadores de origen hispano, formaban la fuerza laboral, ocupando el rango más bajo. Sin embargo, por muchos años, los negros que ocupaban puestos de mando en las compañías extranjeras, por ejemplo como capataces de plantación, se ubicaron en una posición intermedia en la estructura, junto a los profesionales y técnicos blancos y mestizos. Desde que se estableció el puerto hasta la década de 1940, la cultura de los negros jamaiquinos era dominante en la comunidad de la Costa y este grupo tendía a ubicarse por encima de la clase trabajadora hispana (trabajadores originarios del valle Central, de Nicaragua, Panamá y, en menor cuantía, de otros países de la región) que eran vistos como advenedizos y recién llegados que no tenían ninguna lealtad para con los patrones extranjeros del ferrocarril y las plantaciones. Estas diferencias se hicieron notables durante la huelga de los trabajadores de 1934, en la cual, a diferencia de los trabajadores negros, los blancos adversaron fuertemente a la compañía bananera (Fallas, 1934).


Eventualmente, después de muchos años de trabajo leal para las compañías extranjeras, los trabajadores negros se convirtieron de facto en pequeños productores de banano y cacao cuando la compañía bananera les transfirió el derecho a pequeñas parcelas de tierra a lo largo de la línea férrea y la costa. De esta manera, muchos de los blancos de la Meseta que emigraron a la Costa en busca de tierras y trabajo, terminaron laborando para patrones negros, pequeños productores dueños de parcelas en la Costa. Por lo tanto, en algunas áreas rurales de Limón, los negros ocuparon una posición relativamente más alta que los blancos en la estructura social, mientras que muy pocos negros trabajaron para pequeños productores agrícolas hispanos (Duncan y Meléndez 1981:140; Bryce-Laporte 1962: Cap. 6). En los años 1970 y posteriormente, este patrón estructural cambiaría.


La industria y el comercio en Limón estuvieron en manos, principalmente, de una diversidad de inmigrantes extranjeros, entre ellos un número importante de inmigrantes chinos, dedicados a actividades comerciales. Los servicios profesionales eran responsabilidad de médicos y abogados de la Meseta Central, pero la compañía bananera contaba con sus propios médicos norteamericanos y algunos técnicos negros que habían sido educados en Jamaica y quienes asistían a la población negra con la salud, (2.)


Puesto que la población de la Costa fue por muchos años predominantemente negra, los líderes religiosos jamaiquinos y los maestros negros jugaban un papel muy importante en el desarrollo social de la región, ocupando una posición muy importante entre la clase media de la jerarquía social. No obstante, su papel en el desarrollo de la Costa solamente ha sido reconocido, parcialmente, por el trabajo de Duncan (1981) y Palmer (1977). La iglesia católica, por muchos años una minoría, fue persistentemente dirigida por religiosos alemanes, al igual que en la Costa Caribe de Nicaragua, donde por muchos años existió una presencia importante de misioneros alemanes de la iglesia morava.


Por otro lado, la primera escuela de enseñanza en español fue establecida en 1877, pero durante muchos años las autoridades de la Meseta expresaron repetidas veces su preocupación por el hecho de que el idioma dominante en la Costa era el inglés. Aún en 1950, la población negra de Limón reconocía el inglés como su lengua materna (Censo de 1950, Dirección General de Estadística y Censos, 1950).


Para ese entonces, los dos principales grupos étnicos en Limón y en otras comunidades costeras, además de la sociedad hispana, eran los negros y los chinos, quienes mantuvieron una presencia organizada principalmente en Limón, a través de un número de instituciones culturales que reflejaban su orientación hacia su tierra y la cultura madre. Aunque originalmente cada grupo había llegado a la Costa con el propósito expreso de acumular capital para regresar a su tierra natal, al paso de los años y a medida que los inmigrantes se adaptaban a la vida en su nueva tierra, los sueños de regresar se iban borrando. Para los negros, el retorno a Jamaica no era tan deseable en vista de la pobreza crónica que azotaba a la isla (Duncan y Meléndez 1981: 62-68), pero su subsistencia económica y como grupo étnico estaba basada en los altibajos de la producción bananera y la fortuna de las dos grandes empresas que los habían traído a la Costa. A medida que estas compañías perdían poder, los negros tuvieron que buscar medios alternativos de subsistencia como la pequeña producción agrícola. Sin embargo, la fuerte lealtad de los negros al sistema colonial británico era un impedimento aparente a su proceso de asimilación a la sociedad hispana. De hecho, es evidente que este grupo alcanzó un mayor grado de adaptación que de asimilación hasta la década de los años 1930 (Bryce Laporte 1962).


Los chinos también mantuvieron una orientación cultural hacia su tierra natal, lo cual les fue facilitado en parte por su relativa independencia de las estructuras locales, debido a su casi exclusiva dedicación a actividades comerciales de pequeña escala, i.e. el comercio detallista. Entre las primeras generaciones de inmigrantes chinos, muchos regresaron a China una vez que acumularon el capital correspondiente, mientras que otros paisanos los remplazaban en sus negocios, posiblemente con la misma intención de regresar a su pueblo original algún día en su vejez y disfrutar del aprecio que la cultura china ofrendaba a los viejos. Sin embargo, el éxito en los negocios y el establecimiento de familias con mujeres hispanas condujo a que muchos chinos hicieran de la Costa su hogar permanente. Algunos comerciantes chinos convirtieron su éxito en el comercio detallista en diversificación económica, desarrollando fincas lecheras y ganaderas, como fue el caso del famoso comerciante limonense Juan José León Yee, quien fuera muy reconocido por sus contribuciones a la educación y al bienestar de la población local (3.). Posteriormente, la revolución de 1949 en China finalmente hizo que para muchos la esperanza de regresar a la tierra natal para jubilarse se convirtiera en un sueño lejano.


Por otra parte, debido a su involucramiento casi exclusivamente en el comercio en pequeña escala, los chinos estaban comparativamente más aislados socialmente que los negros y la población mestiza de los vaivenes macro-económicos, y, como tal, se mantuvieron como espectadores pasivos de las crisis económicas y sociales que experimentó la Costa con la producción bananera. Inicialmente, se vieron forzados mínimamente a adaptarse aprendiendo el español local y algo de la variante limonense del Jamaican Standard English, conocida entonces como “Mekatelyu”. Las generaciones de inmigrantes chinos que crecieron en Limón, sin embargo, asistieron a las escuelas y colegios locales y rápidamente se asimilaron a la sociedad hispana local, al mismo tiempo que retenían una preferencia por algunas tradiciones culturales chinas, principalmente aquellas que se relacionan con valores familiares, organización social y el arte culinario de su tierra.


De acuerdo con el registro de matrimonios civiles de Limón (Municipalidad de Limón, 1905 a 1985) pocos chinos formalizaron uniones con parejas blancas o negras de la comunidad, guiándose por el adagio “cada oveja con su pareja” que según una inmigrante china, era el pensamiento de la comunidad china respecto a matrimonios con personas de otras razas. Sin embargo, aparentemente, para las primeras generaciones de inmigrantes chinos, las uniones consensuales con mujeres locales fueron comunes y los descendientes de tales uniones- conocidos como “cruzados”, constituyen el grupo que más se ha asimilado a la cultura local de la colonia china en la Costa. Los negros se mezclaron más fácilmente con la población hispana, particularmente desde la década de 1950: de 1955 a 1985, del número total de matrimonios civiles en Limón, el porcentaje de uniones de negros con blancos oscilaba aproximadamente entre 5.2 y 8.9 porciento, de acuerdo con un estudio aproximativo del registro mencionado anteriormente realizado por el autor.


Similarmente, la tendencia a asimilarse a la sociedad nacional, percibida como la sociedad de la Meseta Central, también es observable en la tasa de nacionalización de un grupo particular sobre un período de tiempo, aun cuando las decisiones individuales al respecto pueden estar sujetas a un número de factores, tales como la imposibilidad de retornar a la tierra natal, que no necesariamente reflejan una decisión consciente de buscar asimilación a la sociedad local. Los censos de 1963 y 1973 (Dirección General de Estadística y Censos) recogen una tasa diferencial de nacionalizaciones para los chinos y los negros, según la cual estos últimos retenían su nacionalidad en mayor proporción. Las razones que explican estas diferencias no son fácilmente aparentes, dado que la nacionalización era una opción legal para los jamaiquinos a partir de los comienzos de la década de 1950.


El proceso de adaptación de los inmigrantes negros y chinos es evidente hasta la década de 1950, cuando ocurren varios cambios en las estructuras sociales de la Costa y el país. Para algunos autores los primeros años de la década marcan el inicio de un nuevo período socio-económico para la sociedad de la Costa Atlántica (Casey 1979:276-305; Palmer1977:251; Cassassas y Osorio, 1977:15-17). El evento histórico más importante es la Revolución de 1948, la cual inicia un importante número de cambios que afectan principalmente los procesos de asimilación de la sociedad negra a la sociedad nacional. En 1949, los fundadores de la Segunda República (Junta Fundadora de la Segunda República, liderada por José Figueres Ferrer) abolió la ley #31 de Diciembre de 1934, la cual había establecido que los trabajadores negros no podían trabajar en la costa Pacífica del país, y, por extensión, en las tierras altas del valle Central (Gaceta Oficial 1950, II, 2: 677-678). Ese mismo año se aprobó el derecho de los residentes negros en la Costa Atlántica de solicitar ciudadanía costarricense, y se nombró un diputado negro en el Congreso Nacional (Duncan y Meléndez 1981: 135-136). Desde entonces la participación negra en la política nacional ha ido en aumento (véase, por ejemplo, Fernández, 1977).


También se dieron importantes cambios en el sistema educativo. Hasta el año 1951 la provincia de Limón contaba con cinco escuelas primarias oficiales solamente, pero ya en 1960 el número había aumentado a 83 escuelas primarias y 1 escuela secundaria (Bryce-Laporte 1981: 236).


El factor más importante que afectó la asimilación de la comunidad china a la sociedad hispánica fue la maduración de varias generaciones de niños que habían nacido y crecido en la Costa en una sociedad cada vez más hispanizada. Los niños que eran hijos de parejas mixtas (invariablemente varón chino con mujer hispana), jugaron un papel central en la asimilación, al asumir naturalmente la cultura materna, aun cuando no se les puede ubicar en una única generación.


En 1956, se reactivó la producción bananera en la Costa y la exploración petrolera se incorporó al optimismo cauteloso dentro de la perspectiva económica de la región, que presagiaba un nuevo período de desarrollo económico y social. La autoridad portuaria Junta Administrativa para el Desarrollo de la Vertiente Atlántica (JAPDEVA) fue creada en 1963 como parte de un gran esfuerzo estatal por introducir la planificación regional en la Costa y establecer control centralizado de los recursos sociales y naturales. La planificación estatal también introdujo varios importantes asentamientos agrícolas, principalmente para campesinos hispanos sin tierra, y, al mismo tiempo, los territorios en la región norte de la provincia empezaron a ser desarrollados para la producción agrícola. Otro desarrollo importante lo constituyó el establecimiento de la Refinería Costarricense de Petróleo (RECOPE) en 1972.


Un par de décadas después, en 1976, el interés creciente en la Costa y sus recursos condujo a la construcción de una carretera rural que conecta un número de pueblos de las tierras altas con Limón. Similarmente, los caminos en la región de Talamanca fueron mejorados, y los canales de Tortuguero fueron ampliados y extendidos para permitir un mayor acceso a la región costera del norte.


Un tiempo después, en 1986 el acceso a las tierras bajas de la vertiente Atlántica del país desde el valle Central mejoró al construirse una moderna carretera que ofrece una ruta alterna más rápida que la anterior y que comunica además con las tierras bajas del Atlántico, al norte de la cordillera Central del país.

Más adelante, el creciente interés o atención que expresan el estado y la empresa privada en la Costa desde mitades de la década de 1970, está directamente relacionado con el potencial de la Costa a la cultura nacional. La eliminación de barreras legales, así como el acceso mejorado, ha conducido a una migración continua de población negra a los centros urbanos en las tierras altas, principalmente a la ciudad capital de San José. Similarmente, los intereses económicos de las tierras altas han venido extendiéndose hacia la Costa, donde compiten en la economía regional.


En 1972 Bryce-Laporte había notado que se estaban dando cambios importantes en las comunidades más Jamaiquinas de la Costa: los Negros Caribeños estaban fomentando el asentamiento de hispanos entre ellos, y el acuerdo tácito que existía previamente entre ellos de no vender tierra a inmigrantes de la Meseta Central, no se aplicaba más. También era notable la ausencia de una generación de jóvenes que había emigrado a los Estados Unidos, e internamente a San José y a la ciudad de Limón, (Duncan y Meléndez 1981:244). En alguna medida esta situación se da también en otras comunidades de la Costa, creando preocupación entre los residentes más viejos acerca del futuro de sus comunidades, cuya composición demográfica está envejeciendo sin remplazo.


A la largo de la costa de Talamanca, se han presentado cambios importantes a medida que esta región se convierte en objeto de programas estatales y el interés de las empresas privadas. En 1987 se instaló la electricidad en la comunidad de Puerto Viejo (Old Harbour), y en breve se notaron importantes cambios en la vida social, en la medida en que la televisión y los artefactos eléctricos se convirtieron en parte de la vida cotidiana en la mayoría de los hogares.


El control de las áreas costeras por parte del gobierno y los municipios, y el establecimiento de parques nacionales y otras áreas protegidas en la Costa han afectado los medios de subsistencia y los estilos de vida de muchos habitantes costeros. Esto, a su vez, ha aumentado la desconfianza persistente entre la población acerca de los motivos que tienen las autoridades y otros agentes externos, y acerca de los beneficios que estos procesos de “modernización” pueden traer a la comunidad, particularmente cuando estos procesos vienen acompañados de intereses económicos externos (Palmer 1977:319-340).

Por otro lado, la desatención benigna que han sufrido, en general, las comunidades de la Costa, ha conllevado múltiples problemas, entre los cuales se destaca la destrucción de recursos naturales por falta de planificación y previsión, debido al sobreuso y a la contaminación; situación que ha conducido a una amplia preocupación social y la intervención por parte del gobierno y representantes externos a la comunidad, lo cual ha provocado resentimiento y resistencia por parte de la población local.


En las llanuras de la región norte, ocupada recientemente más que todo por blancos de las tierras altas, la ganadería para producción de carne se extendió durante varias décadas, resultando en la destrucción de vastas zonas de bosques vírgenes, con la consecuente destrucción de especies nativas de flora y fauna, todo lo cual se sumó a la preocupación general sobre la creciente deforestación que sufría el país.


Actualmente, la Costa Atlántica enfrenta una situación crónica de desempleo y pobreza que conducen a la multiplicación de actividades económicas informales, tales como la lotería (ilegal) de Limón, y el contrabando de mercancías a lo largo de la frontera con Panamá. La mayoría de las actividades económicas se centran en el área de servicios portuarios, por lo tanto las oportunidades de trabajo son mayores en los puertos de Limón y Moín (JAPDEVA-AID, 1982).


La costa atlántica continúa siendo vista por la población de las tierras altas como una especie de área cultural foránea dentro de Costa Rica, principalmente por la fuerte presencia de una comunidad negra que se identifica y celebra su cultura afro-caribeña. Los hispanos de otras regiones del país poseen una serie de creencias y estereotipos acerca de la sociedad de Limón, tales como que los negros constituyen la mayoría de la población de Limón, o que la mayoría de la gente en la costa habla algún tipo de dialecto del inglés. De hecho, existe una gran diversidad cultural en la región que se basa en la mezcla de tradiciones negras del Caribe, (principalmente Jamaica), hispánicas de la población blanca-mestiza de la Meseta Central y países vecinos, indígenas, principalmente de Talamanca, y, en menor grado tradición china; tradiciones que se mezclan vivazmente en lo que se conoce como “la cultura de Limón”, y que hace que la sociedad meseteña y de la costa pacífica perciba la sociedad de Limón como algo aparte del resto del país.


Algunos de los aspectos más aparentes de esta cultura pueden ser el estilo relajado, tranquilo, que fija el ritmo de la vida social en la Costa para negros, blancos y mulatos por igual; una sencilla pero variada cocina que mezcla alimentos básicos de tierras altas y costeras con especies y métodos culinarios del Caribe, tales como el plato emblema de la región: “raisanbin”, que se prepara con leche de coco y se refuerza con chile panameño; o el ritual y liturgia de las iglesias protestantes negras que ocasionalmente se puede observar en las calles de Limón frente a los numerosos establecimientos comerciales chinos; y el conocido carnaval de Limón, que es una tradición caribeña, traída a Costa Rica desde Panamá por el célebre Mr. Alfred King. Estas son algunas de las manifestaciones del kaleidoscopio cultural que es la Costa Atlántica de Costa Rica.


NOTAS AL FINAL DEL CAPÍTULO -

(1.) En 1950 la “Escuelita China” estuvo activa y una de sus maestras fue la Sra. Elena Leon. Asistía a la comunidad como escríbano el Sr. Manuel Jiménez (Pin kun), quien era experto escritor de la lengua cantonesa y era el encargado de las comunicaciones formales de la Asociación China de Limón. (Entrevistas E. Leon, M. Jiménez; 1986).

(2.) Entre los más conocidos y respetados médicos negros estaba el Dr. Arthur Sutton, con conocimientos en medicina obtenidos en Jamaica. El Dr. Sutton recetaba medicina natural a la población limonense. Junto a él trabajaban los doctores McCrea y Bendaña.

(Entrevista V. Sutton, 1986).

(3.) Una aula del Colegio Técnico de Limón lleva el nombre del comerciante chino Juan José León Yee, en reconocimiento a sus contribuciones al colegio y a otros proyectos de la comunidad limonense. Otros chinos de las familias Acón, León, Lam, Xing también han recibido reconocimientos por contribuir con las escuelas, colegios, campos deportivos, y otras iniciativas sociales locales.


CAPÍTULO 3


3.1 ORÍGENES Y ANTECEDENTES DE LOS INMIGRANTES CHINOS

La gran mayoría de los inmigrantes chinos que se asentaron en Costa Rica durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, provenía de la provincia de Cantón, en el sur de China. Similarmente, muchos de los inmigrantes en otras partes de América eran originarios del sur de China (ver B.L. Sung, 1967; Pérez de la Riva, 1978; Chou, 2002).


La pobreza extrema en el sur de China, aunada a otras circunstancias históricas, permiten entender las migraciones masivas que se originaron en esa región hacia las costas y los puertos del sur de China, y, eventualmente, hacia diferentes regiones de América. Basta con saber que durante la segunda mitad del siglo XIX, en las provincias de Cantón y Fukién, las expectativas de vida al nacer se situaban entre los 18 y 20 años, para empezar a comprender el porqué de la migración masiva que se dio hacia el continente americano.


Complementariamente, existía en América una gran necesidad de mano de obra, particularmente en las regiones en desarrollo, tanto en los Estados Unidos como en América Latina, y, esto constituyó el factor de atracción que llevó a miles de hombres jóvenes chinos a dejar su tierra con rumbo desconocido.


Aun cuando la civilización china ha existido sin interrupción por varios milenios antes de la era cristiana, los historiadores definen un período histórico moderno que se inicia con la primera guerra del Opio en 1840 y termina con la fundación del Partido Comunista Chino en 1919, (Chesneaux et al, 1976). La característica principal de este período consiste en la introducción de elementos culturales del Occidente en la sociedad y culturas chinas, y es durante el mismo cuando se originan las condiciones socio-históricas que darán pie a las grandes migraciones.


3.2 CHINA DURANTE EL SIGLO DIECINUEVE


La historia de China durante el siglo XIX nos permite comprender las condiciones sociales que condujeron a la gran migración de chinos a las Américas durante la segunda mitad de ese siglo y subsecuentemente. A continuación se presenta una síntesis histórica breve que se basa en el trabajo de Chesneaux et al (1976), Sung (1967), Chai y Chai (1962), Texeira (1962), Chang Rodríguez (1958), y Granet (1959).


En 1840, China era el país más grande del mundo, con un territorio que ocupaba más de nueve millones de kilómetros cuadrados, (extensión actual de la República Popular China), con una población que alcanzaba los 410 millones de personas, según los registros oficiales de la época. El Imperio chino y las culturas que se formaron dentro de su territorio, eran percibidos en aquel entonces como sociedades muy diferentes a la cultura occidental (Europa occidental y sus colonias); percepción que se basaba en un contacto muy limitado entre Europa y Asia. La sociedad china manifestaba también una conciencia clara sobre su carácter especial como sociedad, reclamando para sí el ser el “centro de la civilización” humana y considerando a los que no eran chinos como “bárbaros”. No sobra decir que esta expresión de etnocentrismo ha sido un fenómeno común entre la mayoría de las sociedades tradicionales.

Una de las características más prominentes de la civilización china ha sido su existencia sin interrupción durante varios milenios; longevidad que le ha permitido a la sociedad china desarrollar, seleccionar e integrar los diferentes elementos de sus sistema cultural – valores, normas y tradiciones- en una compleja estructura social, de tal manera que el devenir social y los cambios en el sistema social ocurren sin destruir las estructuras sociales existentes, permitiendo la continuidad de la sociedad y su cultura. El resultado ha sido un sistema coherente y altamente elaborado de principios morales y filosóficos, basados en un pragmatismo social desarrollado a lo largo de miles de años de interacción social, el cual se personificó en la enseñanzas de un número de figuras históricas, entre las que destaca el maestro Confucio (550 A.C.) y su discípulo Mencius (Wilson, 1982).


Un aspecto básico de la cosmovisión acumulada a través de los años en la cultura china es la concepción unitaria de la sociedad y el mundo natural, que se expresa en una complejidad de relaciones entre los elementos naturales (madera, fuego, tierra, metal, agua) y los puntos del compás (Norte, Sur, Este, Oeste y Centro), los colores, sabores y las virtudes humanas (Chesneaux et al, 1976). De particular importancia son las relaciones entre las cosas, más que su esencia (Granet, 1959). La vida social en sí se define en términos de 5 relaciones que son elementos nodulares de la estructura social: la relación entre el emperador y el individuo, el padre y el hijo, el esposo y la esposa, el hermano mayor y el hermano menor, y el amigo con el amigo. Su importancia estriba en que cada una de estas díadas, conlleva obligaciones morales, deberes y derechos que expresan valores fundamentales de la sociedad. La relación de superior a subordinado que está implícita en cada una de las relaciones se reconoce como la afirmación histórica de tradiciones que se desarrollan alrededor del valor de la sabiduría que se acumula con la edad, o el paso del tiempo, cuya principal expresión cultural es el “culto –o veneración- a los antepasados”.


En estas relaciones, así como en otros asuntos sociales, la búsqueda u objetivo primordial es la armonía: la búsqueda de un equilibrio producto del cumplimiento con las responsabilidades y obligaciones en todos los niveles de interacción social, tal como son definidas por las normas sociales del momento. El espíritu fundamental de la cultura china, dice Chai, “era el sentido de unidad…que combinaba el arte, la religión, la filosofía, la literatura, así como las instituciones políticas y sociales. La armonía como valor fundamental permeaba todos los aspectos de la vida social: se encontraba en el arte y la caligrafía y, más importante aún, en asuntos políticos. La unidad estaba contenida en dos perspectivas generales o dos puntos de vista fundamentales: una concepción cósmica y una actitud ante la vida. En lo cósmico, un todo continuo, como una cadena de secuencias naturales. Y, ante la vida, una actitud básica de unión del individuo con el todo. (Chai y Chai 1962: 29).


Los asuntos políticos y otros aspectos de la vida social eran influenciados muy directamente por el principio de la armonía: un buen soberano no actuaba directamente en los asuntos sociales de su nación, escogiendo mantener la armonía social, y una población insatisfecha, a su vez, no actuaba directamente contra su gobernante, hasta tanto no se manifestaran una serie de fenómenos naturales y sociales que hicieran claro que el momento era el correcto, y que el gobernante había perdido el apoyo de las fuerzas naturales y sociales (un “mandato superior”) como líder de su nación.


El principal protagonista, epítome de este esquema filosófico y moral, era el emperador, considerado como “el hijo de los cielos”, quien representaba físicamente la relación entre la sociedad y el mundo natural. La China Imperial le debía al pensamiento de Confucio el haber formulado un sistema ético-político en el cual el emperador fijaba el ejemplo de la perfección moral (Chai y Chai, op.cit.). Simbólicamente, y en muchas de sus responsabilidades concretas, el gobernante era un mediador entre los cielos y la tierra, cuya autoridad estaba basada en el principio de “el mandato del cielo” (tianming). Sobre la base de una visión pragmática característica de la cultura, el mandato del gobernante estaba unido al orden natural y social. La discontinuidad del mandato, y, por ende, la legitimación de la rebelión popular, se basaba en señales de los cielos y manifestaciones naturales, por ejemplo catástrofes climáticas, así como en el descontento popular y la incompetencia de las instituciones públicas. Esta justificación de la rebelión popular y la remoción de un soberano, incorporada como estaba a una visión más amplia del devenir natural y el discurso histórico de la sociedad, perpetuaba la continuidad del sistema cultural.


La filosofía confuciana ofrecía una base moral para la ejecución de obligaciones públicas. Un buen oficial del servicio civil era uno que se abstuviera de intervenir directamente en los procesos sociales. En lugar de eso, era de gran importancia para el funcionario conocer muy bien los preceptos morales de su sociedad, ser de buen carácter moral, y ser capaz de sacar conclusiones de la experiencia pasada. El pasado, de hecho, ofrecía legitimidad a las instituciones presentes y, por lo tanto, los líderes políticos debían conocer la literatura china y otros clásicos (Granet, 1959). Los muy reconocidos exámenes imperiales que tenían que superar los candidatos a funcionarios públicos, hacían énfasis en las tradiciones clásicas y las obras filosóficas chinas. Por lo tanto, el servicio civil ejemplificaba la relación directa entre el conocimiento, la moralidad y el poder en la sociedad.


Claramente, las leyes en China fueron formuladas de manera consistente con el pragmatismo confuciano. El objetivo del discurso legal era el restablecimiento de la armonía entre las partes involucradas, a través de un compromiso razonable basado en situaciones concretas, no en la aplicación de principios absolutos. El énfasis general era la promoción del bienestar social, y en menor grado los derechos individuales: dominaba el espíritu de la conciliación. Al respecto, el castigo era a menudo una expresión del restablecimiento simbólico de la armonía social, dirigido tanto a reforzar las tradiciones entre los miembros de la sociedad, como a corregir algún mal. La naturaleza práctica y orientada por la tradición del derecho legal en la sociedad china, descansaba en las organizaciones de mayores, o ancianos, que dictaminaban sobre problemas legales a nivel de aldea, pueblo, clan y gremios artesanales.


Las relaciones entre China y otros países eran una extensión lógica directa de la filosofía política que ubicaba al imperio chino en el centro del mundo civilizado. Fuera de los dominios imperiales se encontraban las sociedades de “bárbaros” y naciones no civilizadas con las cuáles el Imperio no sostenía relaciones formales; estas estaban a cargo de oficiales locales. Como consecuencia, y en aplicación de la doctrina de la acción indirecta, el Imperio aplicaba control indirecto fuera de su territorio, usando una nación “bárbara” para controlar a otra, evitando cuanto fuera posible las relaciones directas, y manteniendo una actitud de aislamiento con los vecinos.


En cuanto a la educación en China, esta se basaba en las enseñanzas fundamentalmente de Confucio y Mencius, relativas a la bondad natural del ser humano y a su responsabilidad moral de mantener la armonía con el orden establecido. Por medio del cumplimiento de las obligaciones propias de las cinco relaciones básicas mencionadas anteriormente, un individuo cumplía con sus obligaciones morales. Los valores sociales esenciales tenían como base las siete virtudes propuestas por Confucio: piedad filial, integridad moral, frugalidad, deferencia, autocontrol, lealtad a los superiores, y bondad hacia los inferiores.


La filosofía de Confucio era un sistema de pensamiento moral y político que ofrecía las bases filosóficas para el ordenamiento social, y que hacía poca referencia a aspectos religiosos de la vida. Confucio mismo había rehusado discutir asuntos sobre la vida más allá de la muerte, observando: “¿Si ni siquiera podemos saber lo suficiente sobre los hombres, cómo podemos conocer a los espíritus?” (Wilson 1982: 3). Si bien, el pensamiento confucionista no intenta referirse a temas metafísicos, tanto el taoísmo como el budismo asumen un papel importante en ese aspecto, y, como resultado, una herencia directa del budismo parece ser el culto a los antepasados, y el culto a figuras religiosas en las organizaciones y gremios artesanales.


Más aún, China durante el siglo XIX era una sociedad fundamentalmente agrícola que elaboró conceptos del tiempo relacionados con las tradiciones cíclicas de la agricultura, los cuales se originan en el pasado inmemorial. En este sentido, las experiencias pasadas adquirían una dimensión pre-eminente en la determinación de la conducta moral y política, reforzando la necesidad de que los servidores públicos contaran con un conocimiento amplio sobre las tradiciones y obras clásicas.


En tal contexto cultural, la jerarquía social de la sociedad china estaba compuesta por cuatro grupos ocupacionales consistentes con los valores confucianos. La clase superior era la de los académicos, escolásticos y sabios, equiparados en alguna medida con la sociedad de gentilhombres adinerados del campo que poseían poder como oficiales de la burocracia imperial, conocimientos como los requería el sistema del servicio civil y los exámenes imperiales, y tierra que habían obtenido gracias a su puesto público.


Por otra parte, los campesinos, a pesar de su carácter humilde, formaban una clase ubicada en segundo lugar en la jerarquía, los artesanos se ubicaban en el tercer lugar, y los mercaderes ocupaban el cuarto lugar entre los rangos respetados. Debajo de estas categorías se encontraban ocupaciones que eran consideradas bajas e indeseables, tales como las de actores, prostitutas, sirvientes, soldados, limosneros y otros.


Sin duda, los escolásticos-oficiales públicos constituían la clase gobernante en China. La tierra, principal fuente de poder, estaba en manos de hombres con grados escolásticos concedidos por el sistema de exámenes del servicio civil que además ocupaban un puesto público. La agricultura, que en el pensamiento confuciano ocupaba un lugar privilegiado, se encontraba en un estado de dependencia, siendo que muchos campesinos eran productores en arriendo, particularmente en Guangdong y el valle inferior del río Yangtze. Otros eran dueños de las tierras que trabajaban, pero, al igual que los que arrendaban, dependían de los terratenientes adinerados, quienes actuaban como acreedores, prestamistas e intermediarios entre los campesinos y los recolectores de impuestos, las cortes, y otras instituciones públicas. Es así como durante el siglo diecinueve, el sur de China se encontraba dominado por una forma particular de feudalismo, en la cual la mayoría de los campesinos se encontraban bajo el dominio económico y político de una minoría.


Los pueblos en las zonas rurales del sur de China eran liderados por los ancianos de la comunidad, quienes perpetuaban las tradiciones ancestrales. La mayoría de los habitantes de un pueblo se relacionaban entre sí a través del clan familiar más viejo, la comunidad compartía además las ermitas donde se practicaba el culto a los antepasados, y cooperaba en el desarrollo de proyectos comunales tales como la construcción de represas y la recolección de la cosecha de arroz. Los pueblos también mantenían sus propias milicias, las cuales llegaron a jugar un papel importante en los conflictos sociales que se desarrollaron durante el siglo XIX.


Así mismo, en cada ciudad y pueblo, los artesanos representaban una clase organizada de trabajadores que ofrecía apoyo mutuo y seguridad social a sus miembros, actuando también como una fraternidad religiosa en la cual cada gremio artesanal (tejedores, zapateros, orfebres, etc.) tenía su propio santo patrón, o fundador, y se encargaba de las disputas entre sus miembros. Estas organizaciones también regulaban la producción y el mercadeo en su campo. Los comerciantes también formaban asociaciones, a veces a nivel regional, y a pesar de ocupar uno de los rangos más bajos en la estructura social, jugaban un papel muy importante en la sociedad rural.


En este contexto, la familia era una unidad social altamente estructurada, con un sistema de parentesco muy claramente definido, lo cual se reflejaba en los términos de parentesco utilizados comúnmente. Estos especificaban diferencias entre relaciones por el lado materno y por el lado paterno, así como posición según el orden de nacimiento. Este esquema era de particular importancia, ya que a menudo la familia extensa que compartía una misma vivienda podía extenderse hasta 5 generaciones bajo un mismo techo. Las diferencias establecidas reflejaban la estructura de poder dentro de la familia: el hombre mayor en la familia tenía derechos absolutos sobre los miembros menores y sobre la propiedad, y su autoridad no podía ser puesta en duda. Esta relación de poder se repetía en cada nivel de la estructura familiar. Como es de suponer, la estructura patrilineal de la familia hacia imperativo que cada hombre tuviera hijos varones que perpetuaran la jerarquía.


En este sistema, las mujeres eran “personas ajenas a la familia” que pasaban a ser miembros del clan del marido cuando se casaban. Por lo tanto, su posición era inferior a la de cualquier varón de la familia. Al ingresar a la estructura familiar, las mujeres jóvenes recibían un trato severo por parte de las suegras, quienes a su vez habían sido sacadas de su hogar y puestas a trabajar en el hogar de la familia de su marido. La situación para la mujer, de por sí negativa, se veía exacerbada por el hecho de que muchos, si no todos, los matrimonios eran arreglados durante la niñez de los cónyuges, lo cual significaba que la novia iba a vivir con la familia de su futuro esposo cuando aún era muy joven. Consecuente con su posición en la jerarquía, el hombre tenía derecho a tener varias concubinas o “esposas”, mientras que el adulterio por parte de la mujer era severamente castigado.

Consecuentemente, las familias que descendían de un ancestro paterno en común formaban clanes exógamos. En el sur de China, tales organizaciones eran particularmente fuertes ya que la región había sido desarrollada por migraciones relativamente recientes y esto demandaba un comportamiento solidario a nivel del clan, de cara a su nuevo entorno físico y social. Al igual que las aldeas, los clanes eran unidades corporativas que poseían tierras y compartían ingresos para proyectos comunes tales como las represas y los templos.


Los clanes eran dirigidos por los varones de mayor edad, al igual que las aldeas y los gremios artesanales, y actuaban como sociedades de apoyo mutuo que manejaban sus disputas a través de sus propios grupos de ancianos. De hecho, muchos clanes eran equivalentes a pueblos pequeños donde dominaba un solo linaje. Sobra decir que los clanes eran estructuras que ayudaron a la sociedad del sur de China a sobreponerse a las dificultades socio-económicas que enfrentaba la China rural durante el siglo XIX.


A lo largo de su historia, China se ha caracterizado como una sociedad agrícola y esto está reflejado en el gran respeto que se rinde a los campesinos en el pensamiento confuciano. Por otro lado, se desconfiaba de los mercaderes y la actividad comercial, reflejo de las tensiones económicas que se presentaban en esa época y las pugnas entre productores e intermediarios.


El sector campesino de China alcanzaba un 80% de la población, lo cual lo convertía en el sector social y económico más importante. La principal producción en el sur y centro de China era el arroz, mientras que en el norte se producían granos como el trigo, centeno y cebada, y, en general, se producía té, maíz, soya y nueces en todo el territorio. Además, se contaba con la seda, algodón, henequén, moras y plantas productoras de aceite para procesamiento y producción industrial. Al inicio del siglo XVI, navegantes españoles y portugueses introdujeron a China un número de productos de América, tales como el maíz, el camote, y el tabaco.


En cuanto a los animales domésticos más corrientes, estos incluían los cerdos y las aves de corral, pero las bestias de acarreo estaban casi ausentes, ya que el acarreo humano era muy barato, las fincas eran pequeñas, y las formas de producción agrícola requerían trabajo cuidadoso e intensivo. Durante el siglo XIX, China era autosuficiente en términos de la producción de productos básicos, pero la mayoría de la población rural experimentaba diversos grados de pobreza. En algunas regiones la producción era marginal, y en todo el territorio se experimentaban desastres naturales y hambrunas que mantenían a la población en rebelión permanente.


No obstante, durante la primera mitad del siglo, la manufactura y el comercio se estaban convirtiendo en un elemento importante de la economía china. El intercambio regional de productos agrícolas e industriales se proyectaba como una economía de gran escala. De esta manera, en el sur de China se desarrollaron rutas de comercio a lo largo de los vastos sistemas de canales que conectaban los ríos tributarios del gran río Perla. En este, así como en otros temas, el sur de China contrastaba fuertemente con el norte. Fueron las provincias del sureste – Anhui, Jiansu, Hunan y Guangdong, las que primero desarrollaron intercambio comercial con el Occidente, y fue en estas provincias donde se presentarían muchos de los conflictos que experimentó China en el siglo XIX.


Después de que la dinastía Ming fuera destronada por la dinastía Manchú, durante el siglo XVII, la oposición a esta última se convirtió en un tema recurrente a través de las sociedades secretas—la forma tradicional de oponerse al orden establecido. Ya para 1821 la posición de los Manchús se había deteriorado considerablemente y todas las señales que las tradiciones antiguas asociaban con la caída de un régimen—y la pérdida del “Mandato del Cielo”- empezaron a presentarse. La burocracia feudal se había vuelto muy corrupta, los servicios públicos eran ineficientes y las obras de infraestructura más importantes, que eran responsabilidad del Emperador, estaban en condición lamentable. Además, la corrupción agravaba la pobreza en el campo y reducía los ingresos públicos.


Por otro lado, las presiones demográficas a lo largo y ancho del país constituyeron también un factor en las crisis políticas y sociales del siglo. Entre 1820 y 1836, ocurrieron por lo menos nueve importantes revueltas, algunas de ellas extendiéndose a través de varias provincias del centro y sureste de China. Durante este período, la oposición y conflictos domésticos se vieron agravados por las presiones políticas y comerciales de Occidente. Las sociedades secretas, que obtenían sus símbolos y rituales de las tradiciones populares, se convirtieron en fuerzas germinales en el desarrollo de revoluciones campesinas que se extenderían por toda China en los años 1850 a 1870.


En tanto, un desarrollo muy importante que se sumó a la creciente tensión social y afectó intensamente la cada vez más precaria estabilidad social fue la presión de los poderes occidentales sobre China para que abriera sus mercados al comercio internacional. Durante el siglo XVIII, el comercio con otras naciones había estado controlado por un conjunto de negocios autorizados en Cantón. A pesar de las restricciones, durante el siglo siguiente el comercio de Occidente había penetrado la economía china y muchas de las rutas comerciales convergían en Cantón, concentrando en el puerto bienes como el té, la seda, porcelana y productos de algodón provenientes de Jiangxi, Fujian y la cuenca del río Yangxi. Este comercio se daba por medios fluviales, haciendo uso de cargadores humanos, y empleando a muchos boteros y cargadores en toda la región.


Además, el interés occidental en productos chinos estaba acompañado de un esfuerzo por interesar a la sociedad china en los productos de Occidente. Sin embargo, la economía china era autosuficiente y fue poco el interés mostrado, hasta que mercaderes extranjeros empezaron a introducir de contrabando grandes cantidades de opio al sur de China. Pronto, el uso de opio se convirtió en algo común entre los jóvenes de las familias adineradas, el ejército y el sector servicios, y, en 1839, cuando se desató la guerra entre China y Occidente, el uso de opio en China alcanzó dimensiones críticas. Lin Zexu, un oficial de alto rango en el ejército, quien tuvo un papel importante en las Guerras del Opio, estimaba lo siguiente: “Si continuamos dejando que este comercio florezca, en un par de docenas de años nos encontraremos que no solamente no contamos con soldados para pelear contra el enemigo, sino que tampoco tendremos dinero alguno para equipar al ejército” (Chesneaux et al, 1976:55).


Adicionalmente, el contrabando de opio y otras actividades de los comerciantes occidentales en Cantón representaban un reto a la capacidad del estado de mantener control en el orden económico y social. Cantón y otros puertos en el sureste de China se convirtieron en centros de corrupción, donde los funcionarios públicos y los comerciantes desafiaban la interdicción del estado en asuntos de comercio de opio. En la década de 1830 las principales características del amenazante conflicto social eran: un deterioro creciente de la autoridad y los servicios del gobierno; creciente tensión en las zonas rurales; una estructura económica en la cual la planificación estatal se enfrentaba a un capitalismo privado en aumento. Este estado de cosas finalmente condujo a una confrontación abierta entre China y Occidente en las Guerras del Opio de 1839-1842 y 1856-1860.


Algunos sectores de las clases dominantes veían el problema como un asunto interno y su objetivo era el de restablecer la armonía social, lo cual incluía el conducir a los poderes occidentales a asumir una actitud más armoniosa. Otros, que eventualmente dominaron, sostenían una actitud más conciliatoria, reconociendo las fuerzas externas que atentaban en contra del tejido social. Entre ellos se encontraba la burguesía y los comerciantes y mercaderes de Cantón, así como otros conectados con el comercio occidental, quienes sacaban provecho del comercio exterior.


Mientras tanto, las poblaciones rurales tomaron una actitud poco comprometida en las confrontaciones armadas, y de esta manera se gestó la resistencia popular a través de la acción coordinada de las fuerzas militares de los acaudalados rurales y los pobladores en las aldeas y pueblos. En 1842-1844 se firmaron tratados con Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de Norteamérica, que incluían indemnizaciones por acciones de guerra y el establecimiento de “Puertos de Tratado”, donde los comerciantes extranjeros podían vivir y operar libremente. Los extranjeros contaban con concesiones especiales en estos puertos, y en consecuencia solamente estaban sujetos legalmente a sus respectivos representantes consulares. En 1854, los poderes occidentales formaron unidades políticas autónomas en los puertos, estableciendo entonces lo que fuera conocido como concesiones territoriales. Algunos de estos puertos se convirtieron en refugio para los mismos ciudadanos chinos que intentaban escapar de las autoridades y las catástrofes sociales.


A mediados del siglo XIX, China experimentaba una severa crisis política, económica y social, en la cual, además de los desastres sociales, la población aumentaba mientras que la tierra productiva se veía reducida. Las confrontaciones sociales, la escasez y las hambrunas iban acompañadas de rebeliones, y se formaban entre los ciudadanos las sociedades secretas (tong). Las rebeliones en el sur llegaron a ser conocidas como las Guerras del Opio, y, entre estas, las rebeliones de Yunan y Sinkian, y la rebelión de Taiping, generaron aproximadamente 20 millones de muertes, y provocaron hambrunas y enfermedades contagiosas en las regiones de Guangdong (Kwantung) y Fukien, lo que condujo a que miles de campesinos se refugiaran en países extranjeros (Chang 1968: 92; Chang-Rodriguez 1958: 396).


Estos territorios también estaban poblados por una variedad de contrabandistas, aventureros, marineros y otros, provenientes de diferentes partes del mundo, así como comerciantes oportunistas dispuestos a buscar ganancias fáciles. De hecho, algunos puertos como Shangai constituían una tierra de nadie, libre de control estatal, donde las guaridas de fumadores de opio y las casas de prostitución y de juego, eran muy corrientes. Fue así como los puertos de Hong Kong, Macao y Shanghai se convirtieron en las más importantes anexiones extranjeras, y como tales jugaron un papel muy importante en las emigraciones de chinos a las Américas. Sin embargo, el primer puerto de salida de las emigraciones chinas al continente americano fue Amoy, seguido por Hong Kong y luego Macao (Texeira, 1962). Los trabajadores chinos de bajo nivel social, principalmente de zonas rurales, fueron reclutados en los tres puertos por contratistas sin escrúpulos y enviados al continente americano a trabajar en las plantaciones y ferrocarriles de Cuba, Perú y los Estados Unidos de Norteamérica (Perez de la Riva, 1978; Sung 1967; Texeira 1962; Watt 1961).


CAPÍTULO 4


MIGRACIONES CHINAS A AMÉRICA

Las migraciones de chinos al continente americano en grandes números ocurren sobre un período aproximado de 150 años (1800-1950) durante el cual los inmigrantes se iniciaron como trabajadores manuales en plantaciones, minas y ferrocarriles, para luego migrar hacia el comercio detallista y eventualmente, en subsecuentes generaciones, hacia las profesiones liberales, aunque es probable que el comercio siga siendo su principal ocupación. Sung (1967: 202) indica que el principal negocio de los chinos en los estados sureños y del oeste de los Estados Unidos por muchos años fueron los comercios conocidos como abastecedores o pulperías. Las ocupaciones de los emigrantes chinos en el extranjero son detalladamente cubiertas por Chang (1968: 89-107) y otros estudiosos citados por él. Según reporta, en 1963 residían fuera de China 16,417,038 chinos, la mayoría en Asia (96.5%), mientras que en Estados Unidos de Norteamérica se encontraban 295,489 (1.79%) y en Latinoamérica 148,709 (0.91%).


Es notable que los emigrantes chinos originales repitieron en su patrón de asentamiento (hasta donde les fue posible dadas sus circunstancias como emigrantes pobres discriminados legal y socialmente) la migración histórica dentro de China, en la cual a lo largo de miles años, gentes del Norte, conocidos como los Hakka, se desplazaban de Norte a Sur, y elegían asentarse en tierras tropicales antes que templadas, en comunidades costeras en lugar de montañosas y preferían zonas urbanas, no rurales. Las migraciones hacia el sur constituyen una dinámica histórica fundamental en la historia de China, que tiene bases profundas en su cosmología, según la cual el norte significa peligro e invasión, mientras que el sur simboliza oportunidades y prosperidad, (Chang, 1968).


Además de los inmigrantes chinos que llegaron a México en el siglo XVI, con la Nao de España y el tráfico marítimo comercial de las Filipinas, anticipándose por cientos de años a las migraciones del siglo XIX, también se trasladaron a Brasil en 1810 cerca de 100 labradores contratados para trabajar en Sao Paulo, en la producción de té (Chang-Rodríguez, 1958). No obstante, no es sino hasta la década de 1840-1850 cuando ocurren las migraciones sin precedente, a escala mayor.


Algunos factores históricos importantes que enmarcan este período son: el establecimiento de Hong Kong como puerto libre en 1840 y luego junto con Amoy como puerto de tratado comercial. Mientras tanto, en América tuvo un efecto importante la abolición inglesa de la trata de esclavos en 1834 y luego la supresión del comercio de esclavos en Cuba en 1845; todo lo cual impulsó a los países a reclutar inmigrantes chinos en sustitución de mano de obra negra del África. Es también en la década de 1840 cuando la “fiebre de oro” en California, conduce a grandes migraciones de asiáticos y otros al oeste de los Estados Unidos.


Durante este período, 800 culís chinos provenientes de Amoy ingresaron a Cuba, en 1847, señalando el comienzo de las grandes migraciones chinas a América. Unos años después, Perú importaría trabajadores chinos para trabajar en las plantaciones de algodón, en plantaciones costeras, en obras públicas y en las minas de guano de la costa. En 1849 llegaron los primero chinos a California, a trabajar en minas de oro y ferrocarril. Un año después, en 1850, ingresaron a Panamá para trabajar en el ferrocarril, y casi simultáneamente ingresaron en Jamaica, Guyana Británica y Trinidad, (Chang, op.cit.).


Un tiempo después, en las décadas de 1870 y 1880, la migración de trabajadores chinos en Latinoamérica se debió principalmente a la redistribución de sus números entre países, siguiendo las oportunidades laborales que se presentaban en ellos, y no debido a la importación desde China. Sen-Dou Chang (1968) traza el movimiento de emigrantes chinos de Colombia a Panamá, y de Bolivia a Perú en 1870. En la década siguiente, migrantes Chinos en Perú emigraron a Ecuador y a Chile. En el Caribe, durante la década de 1890, migrantes chinos ingresaron a Guyana Francesa desde Trinidad y Surinam. Similarmente, las comunidades chinas de Cuba, Panamá y México ofrecieron muchos de los primeros migrantes chinos a los países de Centroamérica.


Otra generalización que debe tomarse en cuenta es que la mayoría de los trabajadores chinos en Latinoamérica dejaron el trabajo inicial- contrataciones muy desfavorables para ellos, con todas sus limitaciones e imposiciones físicas y sociales - y se desplazaron hacia el trabajo independiente en servicios y comercio, tal como lo relata Sung (op. cit.) para los Estados Unidos de Norte América.


4.1 DESTINO: LA MONTAÑA DE ORO


La pobreza que invadía el sur de China durante el siglo XIX contrastaba con las fantasías acerca de la “Montaña de Oro” que surgían en la imaginación de muchas personas en los pueblos pobres del sur de China, a medida que se esparcían por todo el mundo las noticias sobre el descubrimiento en 1854 de grandes yacimientos de oro en el estado de California, en la costa oeste de los Estados Unidos de Norteamérica. A raíz de estos acontecimientos se desató en ese país la llamada “Fiebre de Oro” que condujo a la construcción acelerada en los Estados Unidos del ferrocarril hacia el oeste de ese país, y la consecuente contratación de miles de trabajadores para su construcción, incluyendo labradores chinos provenientes principalmente del sur de China, (Sung, op.cit.).

Las riquezas que la Montaña de Oro de California hacía surgir en la imaginación de muchos norteamericanos, también contagiaron a miles de trabajadores chinos y los convencieron de dar el primer paso en una larga, penosa y sumamente peligrosa travesía hacia América. No obstante, según la sabiduría popular china heredada de Confucio, una larga travesía siempre empieza con el primer paso.


Para los emigrantes chinos, primero era necesario esperar a que los contratistas de Macao y Hong Kong comenzaran con su búsqueda y organizaran un contingente de trabajadoras de acuerdo al contrato de ultramar que tuvieran en mano. Luego, venía la selección de aquellos que reunieran las condiciones exigidas por el contrato: tenían que ser jóvenes, sanos y fuertes, preferiblemente labradores acostumbrados al frío; y por eso, invariablemente se escogía a jóvenes trabajadores del campo. Sin embargo, en muchos casos las condiciones de necesidad extrema en que vivían los trabajadores rurales en el sur de China y en los puertos de embarque, no eran precisamente las mejores para mantener buena salud y fortaleza física.


Después de firmar un contrato, el trabajador chino (quien en la mayoría de las veces era analfabeta, y no entendía plenamente el documento que tenía al frente, y, por tanto, firmaba con una X), seguía la interminable espera para partir hacia el continente americano; a veces eran meses, otras veces semanas, antes de que se iniciara el viaje. Pero primero había que tener una oferta y firmar un contrato.


La mayoría de los trabajadores que deseaba emigrar no tenía más remedio que aceptar la primera oportunidad que los llevara a las Américas, y los acercara a “la Montaña de Oro”, y a la riqueza que conjuraban en su imaginación. Además, cualquier cosa era mejor que la escasez y la vida dura y empobrecida en los campos del sur de China. Y es que, cuando los Mandarines representantes del emperador dejaron de preocuparse por las necesidades de los pueblos lejanos al centro del Imperio y de representarlos como debían, se habían desencadenado numerosas guerras regionales principalmente en el Sur. A esto, se sumaron los enfrentamientos por el opio que entraba a China, y el resultado condujo a grandes conflictos armados, enormes pérdidas materiales y el desplazamiento de grandes cantidades de gente que buscaba mejor vida en las provincias de la costa. El Sur llamaba mucho la atención por la presencia de los ingleses en Hong Kong, y, además el puerto ofrecía la oportunidad de hacerse a la mar y buscar nuevas tierras.


En el sur, los puertos de Hong Kong y Macao hacia el suroeste, estaban atiborrados de hombres jóvenes que buscaban una oportunidad, tan solo, para acercarse a la imaginaria montaña. Muchos se embarcaban sin saber adónde iban, y de camino se enteraban que su destino no era California, sino algún otro lugar igualmente desconocido. Pero era tal la fama de la riqueza que se podía obtener en América, que para muchos daba igual si iban hacia Perú, Panamá, o San Francisco de California. En sus limitados conocimientos de la geografía mundial, muchos inmigrantes arribaron a Centro y Sur América, creyendo que se encontraban en o próximos a las tierras del oro. Y de esta manera, América se convertía en la Montaña de Oro.


La larga travesía a través del Pacífico en condiciones insalubres e infrahumanas hacia las costas del continente americano incluía muchos días en mares borrascosos puntuados por breves atraques en las islas Filipinas donde, por demás, los viajeros generalmente no tenían permitido desembarcar. Los labradores debían de conformarse con viajar atiborrados en las bodegas de los barcos aguantando condiciones infrahumanas y enfrentando epidemias como la disentería, el sarampión y otras, que se desataban entre tantos hombres hacinados en pequeños y húmedos espacios, quienes además provenían de diferentes lugares.


Por muchos años estas travesías constituyeron quizás la jornada más peligrosa de la migración asiática a las Américas, durante la cual muchos perdieron la vida. A lo largo de los años, los barcos cargueros repletos de labradores chinos que partían de Macao hacia las costas de América dejaron parte de su carga humana en el fondo del mar, cada vez que se desataba alguna epidemia entre la muchedumbre apretujada en las oscuras y pestilentes bodegas bajo cubierta. El angustioso viaje de semanas y meses con escalas irregulares en puertos del Pacifico poco dispuestos a ayudar a los enfermos, como Shanghai y Honolulu, se convertía en una pesadilla que terminaba, para algunos desilusionados labradores, en la muerte y entierro en el fondo marino. En la década de 1850, la importación de chinos a Panamá produjo entre 22 y 24% de decesos en la travesía desde China, (Chou, 2002).

4.2 PRINCIPALES PAÍSES QUE RECIBIERON MIGRANTES CHINOS


4.2.1 ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA


La presencia china en los Estados Unidos comienza en la década de 1840, con el descubrimiento de vastas cantidades de oro en el estado de California. La historia que detalla B.L.Sung constituye un relato épico de grandes proporciones que inicia con el descubrimiento en la costa oeste de los Estados Unidos de América, cuando aún era ilegal para un ciudadano chino, bajo pena de muerte, dejar su tierra y asentarse en tierras extranjeras, por decreto imperial que no fue abrogado sino hasta 1894. A pesar de esto, tal era la pobreza en el sur de China, que miles se atrevieron a correr el riesgo y emigrar en busca de riquezas.


En 1870, residían en los Estados Unidos de América 63,000 chinos, 99 % de ellos en la costa Pacífica. La mayoría se habían unido a la construcción del ferrocarril del oeste, en un tramo donde predominaban los trabajadores chinos. Durante décadas, los chinos mantuvieron sus costumbres y tradiciones, su vestimenta, y su cabellera que era una larga trenza o “cola de caballo” y que los identificaba como “Culís”. Al dejar el trabajo de construcción en el ferrocarril, los chinos trabajaron en las minas de oro, en agricultura, servicios domésticos y en las fábricas; trabajos que los obreros norteamericanos desdeñaban por ir en busca del oro californiano.


Un dato excepcional respecto a su origen en China es que la mayoría de los emigrantes a los Estados Unidos de América provenían del distrito de Toishan, en la provincia de Kwantung (Canton). Sung (op.cit.) encuentra extraño el dato, pero considera que este distrito simplemente estaba entre los primeros en recibir las noticias acerca de las riquezas de la Montaña de Oro, debido a sus cercanía al puerto de Hong Kong y, al ser uno de los distritos más pobres de la región, había respondido rápidamente, junto con sus vecinos de distritos inmediatos, enviando grandes números de emigrantes a California. Estimaciones confiables citadas por Sung proponen que 60% de los chinos eran originarios de Toishan, y del restante 40% la mayoría provenía de los distritos de Hsinhui, Hoiping, Yanping, Nahoi, Panyu, Hsuntak, Canton, Hoksan, Tungkwan, Chungshan, Paoan, Chinhoi, Hakka y Hong Kong.


4.2.2 CUBA


Perez de la Riva analiza en detalle la migración de chinos a Cuba y propone que después de 1860 empezaron a llegar a Cuba muchos chinos que se habían establecido en California durante el período de la Fiebre del Oro y que se alejaban de esa tierra debido a motines racistas contra ellos. Una estimación que afirman varios estudiosos es que para ese año, el número de trabajadores chinos presentes en Cuba alcanzaba 150,000 incluyendo los importados, los introducidos de contrabando y los venidos de California. Su número se redujo paulatinamente y el Censo de 1877 enumeró solamente 46,835, que se redujeron a 14,565 en 1899, con un reducido número de 49 mujeres. En 1883 se extinguió totalmente el ingreso de trabajadores chinos por contrato. Sin embargo, Cuba fue uno de los países con el mayor número de inmigrantes chinos entre 1860 y 1899 (Perez de la Riva, 1978: 57). La historia de los chinos en Cuba es extensa e incluye una importante participación en la lucha de independencia de la isla, todo lo cual está relatado en los trabajos de Pastrana (1963, 1983).


4.2.3 MÉXICO


Varios estudiosos citados por Chou mencionan la presencia de chinos en México en el siglo XVI: barberos chinos muy hábiles y reconocidos, que competían con los barberos españoles, y hasta existía en la capital un “barrio chino”. Sin embargo, los inmigrantes chinos empezaron a llegar en grandes números a partir de 1876 para trabajar bajo contrato en agricultura, minas y construcción de ferrocarriles. Los censos indican que entre 1909-1921 su presencia fluctuaba entre 2,719 en 1900, y 24,218 en 1927. Estas migraciones se distinguieron por realizarse bajo la protección de un tratado de amistad y comercio en 1899. Sin embargo, la tendencia a monopolizar áreas del comercio, así como algunas prácticas laborales desfavorables para la comunidad por parte de los chinos, condujeron a múltiples confrontaciones sociales, y la expulsión de miles de chinos de México. Pese a las persecuciones y prohibiciones legales, en 1930 ingresaron a México de manera ilegal unos 12,000 chinos (Chou, 2002: 15).


4.2.4 PANAMÁ


Un pequeño número de trabajadores chinos ingresó a Panamá, la mayoría bajo contrato, para trabajar en el ferrocarril ístmico entre 1850 y 1855, (Chang-Rodríguez, 1958); sin embargo, su número aumenta considerablemente cuando se inicia la construcción del canal de Panamá durante 1880 y 1885, durante la etapa en que la construcción estaba a cargo de empresarios franceses. Igualmente, a comienzos del siglo XX trabajaron en la finalización del canal cuando fue asumido por constructores estadounidenses. Inicialmente llegaron “Culies” (labradores), quienes provenían de Macao. Posteriormente, inmigraron obreros “contratados” hasta alcanzar un número de 1,262 en 1854. Para 1856 se estimaba que se encontraban en Panamá aproximadamente 20,000 cantoneses. Panamá siguió siendo un centro de atracción de mano de obra entre los años 1880 y 1902 cuando se construía el canal de Panamá, y en esos años se reporta el ingreso de 9,451 chinos contratados. El censo oficial de 1911 declara la presencia de 2,003 chinos, pero en 1909 se habían reportado más de 3,000 comerciantes y muy pocos obreros, lo cual muestra la tendencia de los chinos a dejar el trabajo contratado por el comercio. Eventualmente, debido al poderío comercial de la comunidad china, el país decretó legislación muy severa en contra de los chinos que incluyó el establecimiento de un registro de todos los negocios chinos en el país, el inventario de bienes comerciales, la expulsión de comerciantes chinos y la prohibición de transportar chinos a Panamá.


4.2.5 GUYANA BRITÁNICA


Los primero inmigrantes chinos arribaron a Guyana en 1853 desde China, y al igual que los migrantes de esa época, un alarmante número (45 %) murió en alta mar en el primer viaje. En 1867 había en Guyana 9,507 chinos, incluyendo 1,975 mujeres; número que representa una proporción muy alta de mujeres en la comunidad china, y que constituye una excepción que no se presentó en otros países de inmigración china. Hasta el año 1874 los chinos ingresaron como trabajadores bajo contrato, el cual realizaron en diferentes plantaciones del país. El mayor número de chinos en Guyana es de 10,000 en 1866, pero a partir de entonces y hasta 1910 hay un marcado descenso en la población, lo cual sugiere que muchos murieron (o regresaron a China) en ese período. Fried (1954) sugiere que la reducción en número de chinos también se debe, en parte, a que muchos se identificaron como ciudadanos locales; es decir, los hijos de chinos nacidos en Guyana no eran ingresados en el censo como tales. Es notable también que, a diferencia de otras colonias chinas en Hispanoamérica, los chinos en Guyana estaban claramente divididos entre cantoneses y hakka, los segundos representando población que había emigrado del norte de China hacia el sur a lo largo de los siglos y su dialecto no era inteligible para los del sur. Los cantoneses provenían mayormente de Punyu, en Cantón.


4.2.6 PERÚ


Entre 1849 y 1874, Perú importó un número importante de mano de obra china para trabajar en las haciendas costeñas y en empresas de trabajos púbicos, logrando con ello asegurarse un éxito económico durante esos 25 años. En este período, 87,647 culíes chinos ingresaron en el puerto de Callao. Sin embargo, en esta época de máxima explotación del guano, que era bien recibido en mercados europeos, suceden una serie de revueltas que se originaron en la inhumana explotación de los obreros chinos. Posteriormente, ocurrió en menor número la inmigración japonesa. Piel, (1974) considera que ambas migraciones han dejado pocos recuerdos de la dura historia de su incorporación al país y propone que el aporte chino actual al Perú es urbano y pequeño burgués, contrario al acervo de los inmigrantes originales.


NOTAS AL FINAL DEL CAPÍTULO


Los cantoneses son descendientes de gentes originarias de Yueh, región que se extendía desde Cantón hasta las provincias adyacentes y hasta la Indochina moderna. Los hakka, cuyo nombre significa “visitantes” o “gente que visita” tienen origen en el norte de China desde donde migraron hacia el sur a lo largo de diez siglos, asentándose en Kwangtung y Fukien, donde se mantuvieron sin mezclarse con los cantoneses. Otras diferencias incluyen las organizaciones sociales que cada grupo estableció y cierta distancia social que los dos grupos mantenían entre sí (Chang, 1968).



CAPÍTULO 5


PRIMERAS MIGRACIONES CHINAS BAJO CONTRATO

Durante la mayor parte de su historia, la sociedad costarricense se distinguió por su pobreza y aislamiento de los centros de poder en la región centroamericana, situación que le permitió desarrollarse lenta y modestamente, en relativa paz y con gran estabilidad social. La exportación de cacao desde el valle de Matina en la Costa Atlántica, hasta Granada, Nicaragua durante el siglo XVIII había resultado un fracaso económico debido al alto costo y dificultades del transporte y a los impuestos que debía pagar (Roses, 1975). Sin embargo, en 1831, el presidente Braulio Carrillo introdujo el café (Cafea arabica) al país, y ya a mediados del siglo la modesta economía del país empezaba a crecer, debido a la demanda de café en mercados europeos, a pesar de que la exportación que se hacía por el puerto de Puntarenas en la costa Pacífica hacia Chile y puertos europeos, resultaba costosa e ineficiente.


La inmigración de trabajadores chinos, al igual que las múltiples migraciones de otros trabajadores, se debió principalmente a la existencia de una fuerte demanda de mano de obra en el país. La población aborigen, pequeña de por sí en comparación con la de países vecinos como Guatemala o México, había sido diezmada por la imposición de los sistemas coloniales y las enfermedades epidémicas que trajeron consigo los conquistadores. Hacia finales del período colonial, y después de haber importado un número muy reducido de esclavos negros, Costa Rica, al igual que otras colonias hispanas, se vio en la necesidad de acudir a Europa para buscar colonizadores que ayudaran a desarrollar sus fronteras agrícolas. Con el propósito de promover tal migración, el gobierno creó la Junta Protectora de las Colonias en 1850 y en poco tiempo los inmigrantes extranjeros empezaron a acumular privilegios sobre los nacionales, (Fernández G., 1967, 1974). En respuesta, el gobierno intentó seleccionar inmigrantes que se asimilaran fácilmente a la población local, oponiéndose al mismo tiempo al establecimiento de colonias de inmigrantes que no fueran europeos. La experiencia de los inmigrantes chinos en Cuba durante las décadas de 1850-1870 (Pérez de la Riva, 1978), particularmente los actos de insubordinación y rebelión en respuesta al maltrato físico y al abuso laboral, eran conocidos en la región y preocupaban a los interesados en importar trabajadores chinos a Costa Rica.


Aun así, en 1853 el gobierno de Costa Rica ofreció un primer contrato a un comerciante francés para traer al país un máximo de 200 labradores chinos con la esperanza de que fuera esta la primera en una serie de tales migraciones. Sin embargo, este primer intento no llegó a término, pero, sin duda, abrió el camino para la llegada de los primeros en 1855.


Posteriormente, el desarrollo de la producción de café y el crecimiento de mercados extranjeros, durante las siguientes décadas condujo a la idea de construir en Costa Rica un ferrocarril- la tecnología más avanzada de la época, que ya empezaba a extenderse por toda la región-. Países como Cuba, Perú, Jamaica y Panamá contaban con ferrocarriles construidos con mano de obra negra, china y del Medio Oriente, cuando el General Tomás Guardia contrató a Henry M. Keith en 1871 para construir un ferrocarril que empezaría ese año en Alajuela y culminaría 20 años después en una aldea de pescadores en la Costa Atlántica - el puerto de El Limón. En el proceso, la monumental obra promovió la llegada al país de grandes números de mano de obra negra, china e italiana que participó en su construcción y en el desarrollo de la región. La historia del ferrocarril y el desarrollo de la Costa Atlántica han sido relatados por una variedad de autores: Duncan (1981), Fallas (1969), Gutiérrez (1981), Palmer (1977), Murillo (1995), Olien (1967), Stewart (1967), Sobrado (1976) y otros.


Sin embargo, antes de que se unieran al ferrocarril los chinos que contrató Keith en 1873, ya en 1855 habían ingresado al país 77 inmigrantes chinos provenientes de Panamá: los primeros inmigrantes chinos acerca de los cuáles existe información documental. La historia de estos grupos está documentada en la tésis de Zayra M. Fonseca: “Los Chinos en Costa Rica durante el Siglo Diecinueve” (1979), único estudio sistemático sobre estos primeros inmigrantes asiáticos.


5.1 EL PRIMER GRUPO DE INMIGRANTES CHINOS (1855)

Un primer grupo de 32 trabajadores chinos llegó a Costa Rica en mayo de 1855, arribando en el navío Restand después de un viaje de 12 días desde Panamá, lugar de origen del grupo. Habían sido contratados por el general José María Cañas para trabajar como empleados en su hacienda "El Lepanto", en la península de Nicoya. Siete meses después llegarían otros 45 trabajadores chinos, quienes viajaron en el navío Josefa, también desde Panamá, para trabajar en la Hacienda "La Angostura" del empresario alemán Baron Von Bulow, representante de la Compañía Colonizadora de Berlín en Costa Rica.


Los dos grupos mencionados, un total de 77 labradores chinos, provenían de Panamá, donde muchos chinos habían estado trabajando en el ferrocarril transoceánico que había culminado precisamente en 1855, liberando una gran cantidad de mano de obra negra y china, que eventualmente emigraría a otros proyectos de la región (Chang-Rodríguez, 1958).


Estos primeros chinos fueron contratados como peones y trabajadores domésticos en las haciendas de estos dos importantes personajes de la época, ubicadas en Puntarenas y Cartago. Su llegada al país fue impactante para la sociedad costarricense, que nunca antes había visto un grupo de chinos con el cabello largo trenzado en una cola y un sombrerito de mandarín, vestidos con ropas que semejaban piyamas (kimono) y sandalias negras. De acuerdo con los periódicos de la época, la sociedad josefina se conmovió ante la patética presencia de los culíes, de estos personajes tan exóticos y tan fuera de lugar, con su aspecto físico tan marcadamente diferente al de los costarricenses de la época, y su visaje inescrutable, mezcla de sorpresa, temor y determinación. Lo que no cuentan los relatos de la época es cuál habrá sido el impacto que sobre estos primeros inmigrantes tuvo la sociedad costarricense.


Pocos años después se pasó una ley que sugería que la presencia de chinos en Costa Rica no era enteramente bien recibida. La Ley de Migración de 1862 prohibía expresamente la inmigración de chinos y negros al país. Sin embargo, una cláusula especial de la ley permitía su ingreso en números limitados, "si fuera necesario"; excepción hecha en reconocimiento a la imperiosa necesidad que tenía el país de mano de obra buena y barata. Debido a que el país no había recibido una cantidad importante de migrantes chinos hasta el momento, es posible que el rechazo expresado hacia ellos en la legislación se basara, como se menciona anteriormente, en las experiencias con migrantes en otros países como Cuba y Panamá (Pérez de la Riva, 1978; Chou, 2002).


De todas maneras, es poco lo que se conoce acerca de los chinos que llegaron en 1855, pero se presume que muchos regresaron a China después de haber trabajado algunos años en el país y haber ahorrado algún dinero. Otros se establecieron permanentemente en la región donde trabajaban, como sucedió con los que ingresaron posteriormente. Su estadía en el país no tiene la trascendencia que habría de tener la del siguiente grupo, el cual arribó en 1873 para trabajar en el ferrocarril al Atlántico, correspondiendo al primer y único contrato formal de esa empresa que trajo labradores chinos al país. A pesar de que su historia es desconocida, el primer grupo es, sin duda, parte de los fundadores de la actual Colonia China de Costa Rica; aun cuando generalmente se menciona a los que vinieron a trabajar en el ferrocarril en 1873 como los fundadores de la comunidad china.


Aun cuando en años subsecuentes se volvió a plantear la necesidad de importar más trabajadores chinos, en 1862, el gobierno de Costa Rica promulgó la Ley de Asentamientos y Colonización, que prohibía el establecimiento en Costa Rica de inmigrantes de las razas “chinas” y “africanas”, excepto en casos absolutamente necesarios. Pero la ley no definía los casos absolutamente necesarios, dejando un portillo abierto para alguna eventualidad. Esta eventualidad se presentó periódicamente con las limitaciones de mano de obra que agobiaban al país durante la segunda mitad del siglo XIX, siendo una preocupación que llevaría a algunos a considerar la posibilidad de contratar más chinos. En algunas ocasiones se argumentó que estos eran más fuertes, más inteligentes y mejores trabajadores que otros inmigrantes no-europeos. Más aún, la tendencia de los chinos a mantenerse aislados socialmente era bien vista, ya que esto prevenía el que se mezclaran biológicamente con la población local.





5.2 LOS LABRADORES CHINOS EN EL FERROCARRIL (1873)


En 1870, la construcción del ferrocarril a la Costa Atlántica creó una gran presión sobre la escaza fuerza laboral del valle Central. Ese año, el país contrató a Henry Meiggs para construir un ferrocarril hacia la Costa Atlántica, el cual Meiggs dejó en manos de su sobrino, John M. Keith. Los contratistas del ferrocarril propusieron importar por lo menos 1000 labradores chinos sanos y "de buenas costumbres", y acostumbrados a un clima frío. Aducían en su propuesta al gobierno, que esto era necesario para evitar el desplazamiento de mano de obra crítica de los cafetales y fincas del valle Central. También sugerían que se formara una comisión para proteger a los trabajadores chinos de los abusos a que estuvieran expuestos en manos de los particulares que compraran sus contratos. Sin embargo, no existe indicación alguna de que tal comisión haya existido.


Es así como los trabajadores chinos fueron contratados en calidad de peones, carpinteros, ayudantes de mecánica y cocineros, para trabajar en varias secciones adyacentes del ferrocarril entre Cartago y el tramo de la Angostura, al este de Paraíso. Los contratistas se comprometían, según el contrato presentado ante el gobierno, a suministrar a los trabajadores comida saludable y suficiente, abrigo techado, tres mudadas de ropa de algodón y a pagar un sueldo de 5 colones mensuales en contratos de trabajo de ocho años (1.). Se comprometían además a no exigir jornadas de más de 12 horas y a permitir 3 días de asueto a los trabajadores para que celebraran sus fiestas religiosas. El ferrocarril, por su parte, era responsable de la salud de los trabajadores, para lo cual se estableció un hospital de campaña, donde se tenían inscritos a los chinos con un número de identificación, ya que los nombres eran irreconocibles para los capataces. Finalmente, los compradores de los contratos chinos estaban obligados a aceptar la supervisión de una comisión del gobierno establecida para supervisar el trato dado a los trabajadores. Esta última condición no dejó de ser una mera preocupación, ya que no existe evidencia de que tal comisión se haya establecido en ocasión alguna, (Ver Contrato de 1872 en apéndices).


Con respecto al primer y único grupo de trabajadores chinos que ingresó a Costa Rica bajo contrato con el Ferrocarril al Atlántico, este finalmente arribó al puerto de Puntarenas procedente de Macao, el 31 de enero de 1873. Al partir el cargamento, el gobernador de Macao firmó un pasaporte colectivo para 686 trabajadores. Es difícil creer que la diferencia se tratara de una equivocación; lo más probable es que 33 labradores en condiciones de salud poco óptimas y mal alimentados hubieran sucumbido ante una de las tantas epidemias que se desencadenaban a lo largo del viaje entre los trabajadores, o que se contraían inevitablemente en uno de tantos puertos (Pérez de la Riva, 1978). Algunos pocos habrían desertado en algún puerto intermedio, alternativa difícil de sostener ante la fascinación que ejercía la Montaña de Oro. Posteriormente, otros más cayeron víctima de las enfermedades a que estaban expuestos en la inhóspita región Atlántica y lo extenuante de las tareas de construcción de la vía férrea.


De esta primera, y única, gran migración, aproximadamente 400 trabajadores chinos fueron asignados a trabajar en secciones adyacentes del ferrocarril entre la ciudad de Cartago y un sitio llamado Angostura, hacia el este. Los trabajadores chinos recibían contratos que se extendían por 8 años. Además de las provisiones establecidas en los contratos, la compañía les asignó a un intérprete (2.) y les permitió comprar pequeñas cantidades de opio semanalmente. No obstante los esfuerzos aparentes por tratar bien a los labradores, los intentos de fuga eran frecuentes. También se presentaban muchos accidentes en la construcción del ferrocarril, y la compañía se vio precisada a establecer un hospital de campaña, donde los chinos eran identificados con un número individual, en lugar de un nombre propio


En relación con la disciplina y castigo para los trabajadores que se sublevaban o intentaban fugarse, esta era severa: usualmente se les azotaba y se les ponía en grillos y cadenas, forzándolos a trabajar en esas condiciones. Eventualmente, el maltrato y las duras condiciones de trabajo llevaron a la primera huelga laboral que registran los anales de la historia de Costa Rica.


5.3 LA HUELGA CHINA EN EL FERROCARRIL (1874)


En 1874, solamente un año después de su llegada al país, un grupo de trabajadores chinos se rehusó a trabajar en las faenas de la construcción, alegando diversas circunstancias, entre las cuales estaba el derecho a días de asueto por motivos religiosos. También, argumentaron que el día no era favorable para trabajar debido a las continuas lluvias. Ante la férrea resistencia de los labradores a trabajar ese día en particular, la compañía solicitó la intervención de la guardia civil. Un pelotón de guardias civiles partió de Cartago después de abusar del licor, y se presentó en el campamento de los chinos horas después protagonizando un confuso y bochornoso incidente de abuso de autoridad que dejó como saldo 7 trabajadores chinos y un “culi”(3.) muertos, a manos de la policía (4.). Posteriormente, una investigación por parte de representantes del congreso estableció el abuso perpetrado, pese a lo cual los responsables de las 8 muertes fueron absueltos.


Las fricciones constantes entre los chinos y otros trabajadores que la compañía había traído al ferrocarril finalmente condujeron a la separación de los diferentes grupos étnicos en diferentes campamentos de trabajo a lo largo de la línea. No cabe duda que esta separación facilitó a la compañía el llevar adelante negociaciones separadas con cada grupo sobre salarios y beneficios. De esta manera, mientras que los trabajadores chinos recibían 4.50 colones mensuales, a los trabajadores italianos les ofrecieron 6.25 colones diarios por 10 horas diarias de trabajo. Además, los contratos de los italianos eran por 1 año (Fonseca 1979; De la Cruz 1984; Stewart 1967).


A pesar de las medidas tomadas para mejorar las condiciones laborales, un año después de iniciado el contrato de los chinos, solamente quedaban 236 trabajando en el ferrocarril. En la mayoría de los casos, los restantes habían logrado que sus contratos los compraran ciudadanos privados y un número indeterminado había muerto. También, es probable que algunos regresaran a su tierra natal ayudados por sus paisanos.


Para los que dejaron el ferrocarril, el trabajo en los hogares y negocios de los nuevos contratistas no resultaron tan halagüeños, ya que se continuaron suscitando fugas y muestras de rebeldía.


Comúnmente, los compradores de contratos chinos eran miembros de las clases sociales más adineradas, quienes poseían plantaciones de café y otro tipo de empresas agrícolas. Consecuentemente, muchos de los chinos que dejaron el ferrocarril terminaron trabajando como peones en las plantaciones de café del valle Central y como empleados domésticos en las principales ciudades del país. Por lo menos diez chinos fueron a trabajar en las minas de Abangares, en Guanacaste (Fonseca 1979). Otros se dispersaron a lo largo de la vía férrea en la Costa Atlántica, donde se emplearon como cocineros o se dedicaron a vender comidas, tabaco, verduras y pollos, y establecieron, también, modestas pulperías que más tarde crecerían y se convertirían en restoranes, cantinas y lavanderías. Una década después del ingreso de los primeros chinos contratados al país, la provincia con el mayor número de chinos era Limón, seguida por San José y Puntarenas (Censo de 1883).


A pesar de los problemas laborales de 1874, y la resistencia pública a continuar importando trabajadores chinos, en varias oportunidades algunos ciudadanos solicitaron apoyo al gobierno para traer más trabajadores chinos al país. En una de estas ocasiones, la comisión industrial del congreso se opuso a los contratos propuestos, aduciendo que se trataba virtualmente de un retorno a la esclavitud.


En 1887, después de haber intentado reclutar mano de obra en Europa, Estados Unidos de Norteamérica y las islas de Palo Verde, costa noroeste de África, Minor C. Keith solicitó, por segunda vez, al gobierno un permiso para importar un número adicional de chinos a Costa Rica. Para ese entonces, el gobierno había expresado claramente sus objeciones en los siguientes términos:


“El gobierno no desea por ninguna razón que los individuos de la raza china que proceden del Imperio Celeste entren a Costa Rica” (Relaciones Exteriores, Archivos Nacionales, 1887: No. 160, 105). Unos años antes, en 1875, el periódico oficial, La Gaceta, en su edición del 19 de Junio de 1875 había explicitado su opinión acerca de los chinos: “Los chinos tienen vicios debido a su educación...y defectos raciales que son nocivos para la salud pública. Son jugadores y ladrones, rebeldes, crueles y vengativos.. el abuso del opio y su inclinación a cometer suicidio los hace peligrosos, especialmente para trabajar en el servicio doméstico.”


No obstante lo anterior, en Junio de 1887, el gobierno firmó un nuevo contrato con Keith, permitiéndole a la compañía del ferrocarril importar hasta un máximo de 2000 trabajadores chinos por un período que no excediera los dos años (Contrato de 1887, en Apéndices). La facilidad con que se aprobó un nuevo ingreso de un número más grande que el anterior, sugiere que la opinión expresada en La Gaceta no era compartida ampliamente. Sin embargo ya en 1887 un número importante de chinos residía en diversas comunidades del país (ver Censo de 1883). Por lo tanto, el gobierno dispuso que para evitar confusiones entre los chinos nuevos y los ya residentes, los nuevos inmigrantes debían de reportarse en las oficinas del gobernador de Limón. Y los chinos que ya residentes debían de inscribirse en un “archivo de chinos” en la municipalidad o gobernación de su localidad.


No obstante lo anterior, no existe información oficial sobre el ingreso de chinos bajo el contrato de 1887. De todas maneras, el año siguiente se suspendió la construcción del canal de Panamá, y esto liberó un gran número de trabajadores, algunos de los cuales emigraron a Costa Rica poniendo a disposición de los contratistas del ferrocarril una gran cantidad de mano de obra barata.

En cuanto al “archivo de chinos”, este no se estableció sino hasta 1910, cuando el congreso de la república aprobó una ley en tal sentido, pero el hecho de que esto ocurriera 23 años después del contrato propuesto, sugiere que el mismo quedó sin ejecutar. De hecho, la existencia del contrato de 1887 aprobado, haría posible que, eventualmente algunos inmigrantes chinos reclamaran el derecho a ingresar al país sobre la base del mismo. Supuestamente, aunque no ingresaron trabajadores bajo este acuerdo, el contrato quedó aprobado y dio justificación para que ingresaran de manera individual muchos – un número desconocido de chinos, que decían acogerse a ese contrato. (Ver Registro de Chinos, en Apéndices).


La disposición negativa del gobierno hacia la inmigración de gentes de otro color de piel y otras costumbres volvió a precipitar otro intento formal de evitar el ingreso al país de chinos y otros. En 1897, diez años después de la firma del último contrato de importación, el ingreso de chinos se había acelerado y el Congreso se vio apremiado a pronunciarse de manera determinante con la siguiente ley:


Artículo 1: A partir de esta fecha, se prohíbe absolutamente la inmigración de chinos. Esta prohibición no incluye a las personas que ya se encuentran residiendo permanentemente en el país, quienes tienen derecho a salir y entrar al país a su propia conveniencia.


Artículo 2: Se autoriza al poder ejecutivo para limitar la inmigración de individuos que pertenezcan a otras razas, que, a su juicio, puedan ser perjudiciales para el progreso y el bienestar del país, (Colección de Leyes y Decretos, 1897: 70).


La facilidad con que se autorizó el movimiento libre de los chinos residentes en el país se basa, sin duda, en su creciente importancia en el comercio nacional.


Es evidente que antes de emitirse esta ley, entraron al país en condiciones irregulares muchos inmigrantes chinos que se acogían al apoyo y solidaridad del clan familiar, cuando contaban con familiares en el país, y de la comunidad china en general. Algunos entraban en condiciones extremadamente irregulares, viéndose forzados a utilizar rutas y medios más apropiados para el contrabando de mercaderías. En la Costa Atlántica, tanto la desembocadura del río Matina, como las playas de Cahuita y Puerto Viejo, y Sixaola, en la frontera con Panamá, fueron testigos del ingreso de un número desconocido de inmigrantes chinos y de otras nacionalidades. Matina, en algún momento se convirtió en un punto de recepción y orientación para los recién llegados que ingresaban en condiciones irregulares, ofreciéndoles refugio y dirección para que alcanzaran el destino propuesto (Entrevista Xing, 1986).


En el caso de la costa Pacífica, la mayoría de los inmigrantes chinos ingresó por el puerto de Puntarenas, donde residían importantes comerciantes chinos. De ahí, procedían a contactar a miembros de su familia extendida en puntos cercanos en Guanacaste.


Claramente, los inmigrantes chinos buscaban medios independientes de subsistencia. La mayoría de los que ingresaron al trabajo del ferrocarril terminaron sus contratos en manos de ciudadanos privados, trabajando como domésticos, cocineros y, en algunos casos, como peones. Sin embargo, tan pronto como las condiciones laborales, sus ahorros, y las oportunidades de crédito se los permitían, muchos establecían pequeños restoranes, conocidos como “fondas”, donde desplegaban sus aptitudes de cocineros. Otros negocios eran las conocidas pulperías de barrio, y los establecimientos de ventas de licores, vinaterías y aguardenterías, además de las anecdóticas lavanderías chinas (5.).


Aquellos chinos que se asentaron en la Meseta Central, según el estudio de Fonseca, contaron con menos capital y crédito para invertir en el comercio, y al mismo tiempo enfrentaban probabilidades más altas de verse involucrados en actividades ilícitas, que aquellos que residieron en los puertos de Puntarenas y Limón.


A juzgar por el número de transacciones económicas en que participaron, así como el número de inmigrantes en la población, es posible asegurar que para los inmigrantes chinos, el puerto de Limón era considerado como la más atractiva de las ciudades del país. En la década de 1880, siete años después del ingreso de los 653 labradores que trabajaron con el ferrocarril bajo el primer y único contrato ejecutado, el tipo de transacción económica que predominaba entre los chinos de puerto Limón fue la firma de bonos de crédito con comerciantes y prestamistas locales, lo cual sugiere que muchos de los que habían dejado el trabajo en el ferrocarril se iniciaban en el comercio. Estos mismos pequeños comerciantes fueron estableciendo los grandes almacenes generales que se hicieron famosos en el puerto de Limón en las primeras décadas del siglo XX, donde se vendían productos nacionales y europeos, vinos y licores finos, y todo tipo de mercadería y comestibles de Asia.


En esos años, se destacaban los siguientes negocios chinos en el país: en Puntarenas era muy conocido el Man Chon Sing (“mil regalos”), de José Chen Apuy, mientras que en Limón se encontraba el elegante El Caballo Blanco, del distinguido Felipe Wing Ching, la panadería de la familia de Alejandro León y los negocios de varios tipos de José Joaquín León, Ramón Acón, y Guillermo Castro Lee. Entre estos, era muy conocido el gran Almacén HapSingLung de Juan José León Ayee. En Cahuita, dominaban el almacén, restorán y cinema de Alberto Lam y en Puerto Viejo, continúan ofreciendo servicios los negocios de la familia León Salazar.


Tanto por el empeño y las prácticas mercantiles de los chinos, como por la naturaleza del negocio de licores en una región como la Costa Atlántica, donde predominaban los hombres solos, no debe sorprender el hecho de que en 1902, año en que se estableció la municipalidad de Limón, 28 de los 30 comercios de licores de la ciudad estuvieran registrados a nombre de comerciantes chinos. Tampoco era algo inusitado que la municipalidad subastara más patentes de la permitidas por la ley, tal era la demanda de licores y la fluctuación en el número de la población, lo cual hacía difícil asegurar el número exacto de pobladores en una localidad. De esta manera, a menudo un comerciante chino pagaba a la municipalidad para que realizara un censo distrital, con el propósito de determinar si era posible ofrecer más patentes de licores. Los registros de la municipalidad de Limón no muestran que otros comerciantes fueran tan acuciosos como los comerciantes chinos pagando para la realización de censos que permitieran establecer nuevos dispendios de licores.


Un evento de interés con respecto a la situación de los chinos en Costa Rica ocurrió a finales del siglo XIX, cuando el gobierno de los Estados Unidos intentó que su cónsul en el país representara a los residentes chinos. El gobierno de Costa Rica negó la solicitud diplomática, agregando que no podía entender la preocupación del gobierno norteamericano por cuanto en ese país se habían promulgado leyes muy estrictas en contra de la inmigración china. Poco tiempo después, el embajador chino en Washington hizo solicitud para representar a los chinos en Costa Rica, sin lograr la aprobación. No fue sino hasta 1941, durante la presidencia de Calderón Guardia, que el gobierno de Costa Rica reconoció por primera vez a un cónsul chino.


A pesar de las leyes que diferentes gobiernos promulgaron contra los chinos y otros a lo largo de los años (Ver Apéndice: Leyes Que Afectaron Migración China a Costa Rica), está claro que los chinos tenían muchos amigos entre las clases gobernantes. En los mejores tiempos del empresario chino Juan José León Yee, Julio y Adán Acosta participaban en las fiestas que el empresario hacía en sus vastas propiedades. También, era bien sabido que el presidente Julio Acosta fue socio de negocios con León y otros. Junto con ellos, el abogado Román Julio Lamicq – con apoyo del prestigioso jurista Alfonso Caso en México- defendió los derechos y representó a los chinos en Costa Rica, (Entrevista Chen Apuy, 1986).


NOTAS AL FINAL DEL CAPÍTULO-

(1.) Stewart indica que fueron cerca de 1,500 labradores italianos que ingresaron a trabajar bajo contrato por 1 año en las mismas condiciones que los chinos, pero recibiendo 5 veces más, (Stewart, 1967).


(2.) Para facilitar la comunicación con ellos, la compañía contrató a un enigmático traductor que hablaba chino y español, José. A. Bringas, de quien poco se sabe, y cuyo papel en las contrataciones en China constituye un misterio.


(3.) “Culi” es el término que se da a los trabajadores chinos en general en los documentos de estudio. Sin embargo, era más apropiado para aquellos que vestían a la usanza de los trabajadores chinos: kimono con mangas amplias semejando patas de caballo, trenza de cabello como una cola, y un breve sombrero redondo sobre la cabeza. Se suponía que este atuendo les había sido impuesto durante la dominación Manchú para humillarlos, haciéndoles ver como animales. En Costa Rica se hizo una diferenciación como sugiere el informe sobre la huelga china, cuando se informa que murieron 7 chinos y un Culí. Más aún, en 1910 aproximadamente 50 hindús arribaron como polizontes de un navío de carga a puerto Limón y asumieron residencia ahí, accidentalmente, cuando el navío en que viajaban los abandonó en ese puerto. A ellos se les llamó Culís, quizás por la vestimenta, no por las características físicas. Sus descendientes residen en la zona sur del puerto de Limón, (Entrevista Chen Apuy, 1986).


(4.) Quince Duncan, escritor negro Limonense considera que la contratación de estos trabajadores chinos en el ferrocarril era prácticamente equivalente a la esclavitud a que estuvieron sometidos los negros antes de que se aboliera la esclavitud en 1821. La experiencia de los chinos que migraron a Cuba y a Perú, fue igualmente penosa y denigrante y condujo a múltiples sublevaciones y a numerosos actos suicidas (Pérez de la Riva, 1978; Chou, 2002).


(5.) El Censo Comercial de 1903 muestra que en el país existían 7 lavanderías, todas en manos de chinos. Seis de ellas se encontraban en puerto Limón. Es probable que esto se debiera a que siendo el puerto de Limón el centro comercial de Costa Rica, contaba con muchos trabajadores de oficina y comercio, entre ellos un alto porcentaje de hombres solos, que utilizaban ropa formal y acudían a las lavanderías locales para el cuido de sus vestimentas.

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Muy interesante e importante documentación para entender antecedentes de mi familia, como nieto de Juan José Leon Yee.


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Fits Ajoy
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22 de set. de 2020

Excelente, que importante que todos nuestros descendientes puedan conocer y apreciar el gran aporte cultural, económico y social de nuestra milenaria Cultura, te felicito por tu gran aporte, saludos Rafael Ajoy

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